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Kirill Dmitriev hablaba con los ojos claros, fijos, como si ya hubiera visto esto antes. Algo de eso dijo, aunque no así, más bien al pasar: que las conversaciones iban bien, que seguían, que habían empezado antes. Miami, en diciembre, con ese calor que pega la ropa y no deja respirar, se volvió el escenario de un teatro extraño. Nada de ministros, nada de protocolo. Enviados. Gente de confianza. Uno, el yerno del presidente. El otro, un hombre que parece salido de una película de espías soviéticos.
Y allí, entre palmeras y acuerdos informales, se supone que se está diseñando un mapa. No cualquiera. Uno que podría —o no— detener una guerra que ya no es solo de trincheras, sino de frío, de hambre, de puentes caídos y calefacción cortada. En Odesa, esta semana, ocho muertos. Un bus de civiles. No se sabe cuántos niños. No se sabe si lloraron antes de morir. Solo se sabe que el número subió. A ocho.
Zelenskyy, desde Kyiv, con esa voz que ya no grita, que solo avisa, dijo algo como: Si no hay presión, no hay nada. Algo así. No lo dijo exactamente así, pero fue cerca. Dijo que Putin no siente todavía lo que debería sentir. Y tiene razón. Todos lo sabemos. La pregunta es: ¿cuánto más tiene que doler?
Hace unas semanas —no recuerdo bien cuándo— empezó a circular eso de un plan. Veinte puntos. Negociado en silencio. Trump, desde fuera, con sus hombres moviéndose como en una partida que nadie más está viendo. Witkoff. Kushner. Dos nombres que, en otro tiempo, hubieran sido una broma. Hoy, son parte del único canal que parece abrirse. Rubio, el de Exteriores, dijo que podría aparecer. Que falta poco. Que quizás, quizás, algo cierre antes de año nuevo. Dijo “quizás” dos veces. No es nuevo, no es nuevo.
La propuesta nueva es de tres. Ucrania, Rusia, Estados Unidos. A nivel de consejeros de seguridad. Zelenskyy no confía. Nadie confía. Pero si hay canje de prisioneros, si hay una reunión de líderes… bueno, dijo, no puedo oponerme. No en voz alta. Pero en el fondo, no cree.
Mosca, mientras tanto, celebra. Putin, en su rueda de prensa anual —esa maratón interminable donde todo es cifra y dominio— dijo que seguirá. Dijo que avanzan. Dijo que ganan. Y ofreció una tregua: para que Ucrania pueda votar. Como si fuera humanitario. Como si fuera justo. Zelenskyy la rechazó. No con furia. Con cansancio.
Y en Crimeá —sí, en ese pedazo ocupado que nadie reconoce pero todos saben que está allí— Ucrania asegura que destruyó dos cazas rusos. Y un barco de patrulla. Y una plataforma en el mar Caspio. No hay fotos claras. No hay confirmación. Pero la guerra sigue. A cámara lenta. A cámara rápida. En pedazos.
Washington, al parecer, quiere ser mediador. ¿Puede? ¿Debe? No lo sé. Lo que sí sé es que mientras unos hablan en Miami, otros mueren en Odesa. Que mientras se negocian puntos, caen misiles. Que mientras Dmitriev sonríe, un niño en una casa sin calefacción dibuja un sol que no siente.
¿Hasta cuándo?
No lo sé.
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