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Un hombre de cuarenta y nueve años. Una mujer de cuarenta y dos. En Izyum. Los mató un ataque, no se sabe de dónde vino, no se sabe quién dio la orden, pero los cuerpos quedaron en el suelo como si el invierno tuviera hambre. Ese mismo día, alguien más murió en Donetsk. Y otro en Zaporiyia. Tres muertos, al menos. Nombres que no se dieron. Historias borradas con el estruendo.
Y mientras, en Miami, tres días seguidos de conversaciones. Sin protocolo, sin prensa. Steve Witkoff, Jared Kushner. Del lado ucraniano, Rustem Umerov. Europeos sin nombre. Hablan de una hoja, de páginas que alguien escribió, que otros corrigieron. Witkoff dijo después, en un mensaje, que todo fue “productivo”. Palabra blanda. Como si pudiera usarse en un funeral.
Pero luego, en Moscú, Ushakov —el hombre de Putin en asuntos exteriores— dijo otra cosa. Dijo que las correcciones de Europa y Ucrania “no mejoran la posibilidad de paz”. No dijo por qué. No importa. Ya lo sabemos: cuando un poder dice que una propuesta se arruinó con ajustes, en realidad está diciendo que exige sumisión. No negociación.
El Kremlin ahora acepta hablar con Macron. Peskov lo anunció como si fuera un gesto. Como si Moscú no hubiera estado alzando murallas de propaganda por años. París respondió que “bien, veremos qué sigue”. Diplomacia de café frío. De correos sin cuerpo.
En el norte, en el mar Báltico, un barco. El Adler. Anclado. Procedencia rusa. Dueños en las listas negras de la Unión Europea. Motor fallando. Autoridades suecas suben a bordo. A las doce y media de la noche, más o menos. Con guardacostas. Con policía. Inspección. Sin permiso, sin explicación. Carga aún desconocida. No se sabe qué lleva. No se sabe quién dio la orden de avería. Pero sí sabemos quién lo posee: un nombre que no se nombra.
Del otro lado, en Kiev, el presidente Zelenski dijo que en una semana Rusia lanzó mil trescientos drones. Casi mil doscientas bombas guiadas. Nueve misiles. Sobre las ciudades. Sobre los pueblos. Sobre el sueño de la gente. Y en Zaporiyia, cinco mil ataques con artillería. Seiscientas estructuras dañadas. Sesenta heridos. Números que no entran en una oración sin que se quiebre.
Rusia dice que derriba drones. Veintinueve en veinticuatro horas. Doscientos cincuenta y dos en una semana, supuestamente en el Donbás. Con un sistema de guerra electrónica que llaman “cúpula del Donbás”. TASS lo repitió. Y nosotros lo escribimos. Pero no se ve. No hay fotos. No hay pruebas. Solo un nombre: FSB. Solo una agencia: TASS.
India reconoció que doscientos dos ciudadanos suyos están en el ejército ruso. No se sabe cómo llegaron. No se sabe si fueron engañados, seducidos, obligados. Veintiséis muertos. Siete desaparecidos. Nombres que no se publican. Familias en la India. Madres calladas. En el fondo, todos sabemos que hay mercados de carne humana. Y que no están en la dark web. Están en el suelo, en los pueblos, en el hambre.
En Sumy, cerca de la frontera, unos cincuenta vecinos de Hrabovske. Sacados de sus casas. Sin cargos. Sin juicio. Llevados a Rusia. Dmytro Lubinets lo denunció. No dijo cuántos niños. No dijo si fueron separados. “Deportación forzosa”, la llamaron. Palabras de tratado. De convención. Pero el suelo no entiende derechos. Solo entiende botas.
Un incidente al otro lado de la frontera. Restos de un dron ucraniano. Cayó en Krasnodar. Dañó un oleoducto. No hubo explosión. No hubo fuego. Solo una tubería tocada. Como un aviso. El Kyiv Independent dijo que venía de una operación de Kiev. Nadie confirmó.
La guerra no es un frente. Es un pulso. Sordo. Continuo. De madrugada, cuando el mundo finge dormir, aquí seguimos. Con el café helado. Con los nombres que no se pronuncian. Con las listas que crecen.
¿Cuántos cuerpos son necesarios para una negociación digna?
No se sabe.
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