Blast hits Islamabad Shiite mosque — police

Explosión devastadora en mezquita chiita de Islamabad deja 31 muertos

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Era la hora en que los relojes se detienen sin anunciarlo. En la periferia de Islamabad, entre polvo y techos bajos, un hombre cargaba a otro por los hombros, como si fuera un niño. No gritaba. Solo avanzaba. Tras ellos, el humo salía en hebras lentas del Imambargah Khadijah al-Kubra. Nada de sirenas aún. Nada de gritos en cadena. Solo el silencio que viene después de la violencia que sabe su nombre.

Treinta y una personas están muertas. Tal vez ya sean más. Ciento sesenta y nueve heridas. Pero esos números no entran en las pupilas dilatadas de quienes llegaron corriendo, llamando a sus hermanos por teléfono, escuchando a alguien decir, al otro lado de la línea: “No responde”. No hay consuelo para eso.

La policía no dice con certeza qué explotó. Pero hay indicios. Demasiados para ignorarlos. Alguien fue detenido cerca de la entrada del templo. Alguien que, según fuentes no identificadas, no llegó más allá del portón. Y allí, entre rezos y sandalias ordenadas, decidió morir matando. Un suicida. Otra vez.

No se sabe si era joven. No se sabe si lo filmaron las cámaras. No se sabe si le dijeron que el martirio lo llevaría a algo distinto del polvo. Pero sí se sabe esto: los chiitas, el 15 % de Pakistán, vuelven a estar en la mira. No por su fe, sino por cómo otros la miran: como herejía. Como blanco.

El primer ministro habló. Grief, dijo. Condena. El presidente, desde una red social, escribió algo sobre crímenes contra la humanidad. Palabras que suenan bien en papel. Que no alcanzan. Porque esto no es nuevo, no es nuevo. Hace unas semanas —¿noviembre? Diciembre?— otro suicida mató a doce frente a un tribunal. Y antes, decenas. Y antes, cientos.

Grupos como el TTP o el Estado Islámico no han reclamado este atentado. Pero no hace falta que lo hagan. Sus ausencias hablan. Saben que otros harán el trabajo sucio, que las milicias locales, alimentadas por odio viejo, por dogmas retorcidos, por redes que nadie rastrea, seguirán limpiando el mapa. ¿Por qué ahora? Porque siempre ha habido un ahora así. Porque la periferia es fácil de olvidar. Porque matar a chiitas en Pakistán casi nunca conlleva precio.

Aquí, donde la guerra no está solo en las montañas del suroeste, sino en cada templo, cada proceso, cada voto no contado, el Estado parece rendirse poco a poco. Dice que lucha. Pero los hospitales no mienten. Están en alerta. Siempre. Como si supieran que la próxima ola ya está en camino.

¿Quién se beneficia? Nunca es uno solo. Son los que no firman. Los que no hablan. Los que dejan que la sangre limpie lo que el poder no puede.

Y mientras tanto, allá afuera, en Tarlai, un hombre llora arrodillado, con la ropa manchada, y no se sabe si es de un familiar, de un amigo, de un extraño. No importa. Ya es de todos.

¿Cuántas veces más va a pasar?

No responde.

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