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La última vez que vi a un hombre rezar en silencio fue en un video borroso, grabado con celular, bajo un cielo de nubes bajas y polvo. No se oía la voz, solo el viento, pero se le leía en los labios, en el temblor de las manos atadas. No supimos su nombre. No supimos si llegó a corregir el crucifijo que se le salía del bolsillo. Hoy, dicen, está libre. Todos lo están.
Más de doscientos, sin embargo, no. Caen como fruta madura en campo ajeno. No se cuenta el número de madres que ahora duermen con el teléfono bajo la almohada, esperando un mensaje que nunca llega. No se mide el peso de los pasos que ya no suenan en el umbral de casa. Doscientos cuerpos. Algunos calcinados. Otros desmembrados. Pocos enterrados.
Nadie dice con certeza quiénes dieron la orden. Si fue una sola mano o muchas, empuñadas en la sombra. Solo se sabe que fue fuego cruzado, casas quemadas, iglesias vacías, comunidades que se desangran en silencio. La pregunta no es cuántos, sino por qué siempre los mismos. Por qué siempre los de abajo, los que viven en los bordes, donde el Estado llega tarde o no llega.
Hace unas semanas –no recuerdo bien la fecha, creo que fue en enero–, alguien con corbata en un estudio de noticias en Londres le preguntó a un tipo especializado en conflictos africanos si había “mejoría”. Mejoría. Como si se hablara de un pronóstico meteorológico. El hombre, de apellido Barnett o algo así, dijo que no. No hay mejoría. Hay escalada. El otro, Ojewale, creo que se llamaba, habló de vacíos de poder, de fronteras porosas, de jóvenes armados con rifles y resentimiento. Y el tercero… Foote, tal vez… mencionó la mirada de Washington. Nada concreto. Siempre lo mismo: análisis, palabras limpias, diagnósticos sin sangre.
Pero aquí no hay análisis que valga. Solo la constatación: la tierra sigue tragando gente. Y cuando la Iglesia se vacía, el gobierno habla. Cuando los muertos superan los tres dígitos, la ONU emite un comunicado. Y luego, el olvido.
¿Cuántos fueron esta vez? Más de doscientos. ¿Quiénes los mató? No se sabe. ¿Quién los llorará sin cámara ni hashtag? Todos lo sabemos.
La verdadera pregunta no es si Nigeria arde. Arde. La pregunta es por qué al resto del mundo le duele menos.
Por qué, cuando se apaga el noticiero, no queda nada. Solo café frío. Y un silencio pesado. Como una losa.
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