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Eran las ocho de la mañana en Tel Aviv y el cielo aún se desperezaba cuando los celulares empezaron a sonar al unísono. Una alerta. No importaba la operadora, el modelo del teléfono, ni si estabas en un búnker o en medio de la calle: todos recibieron el mismo mensaje. “Busque refugio inmediatamente”. Nadie preguntó de dónde venía. Todos sabían.
Noam Tibon lo tuvo claro desde el primer timbre. El hombre que el año pasado sacó a su familia de un kibbutz bajo ataque, con el fuego comiéndose los alambres, con los drones marcando objetivos, ese mismo Tibon, militar retirado pero con el instinto intacto, me dijo por teléfono, más o menos: “Esto no es una respuesta. Es una cuenta que se salda”.
La guerra de junio del 2025 dejó veintiocho muertos. Misiles iraníes rompieron el escudo, penetraron, explotaron. No fueron decenas, pero fueron suficientes. “Cuando vimos los cuerpos —me dijo Tibon, y aquí no sé si usó exactamente esa palabra, pero el tono era ese—, entendimos que no podíamos seguir jugando a diplomacia”. Hablaba de un ataque conjunto con Estados Unidos, ilegal para muchos expertos, pero necesario para otros. A esas alturas, la política ya no era política. Era supervivencia.
Y Netanyahu, en una transmisión que parecía salida de una película de guerra, llamó a los iraníes a levantarse. “Libérense del yugo”. Pero no hablaba solo de misiles. Hablaba de cambio de régimen. Reza Pahlavi, el hijo del sha, viviendo en Maryland, de pronto se convirtió en una posibilidad seria para algunos en el gobierno israelí. No sé si él lo sabe. No sé si alguien lo ha llamado. Pero sí sé que allá afuera, en Teherán, quizás alguien lo escuchó, y quizás sonrió, o quizás encendió un cigarrillo con desprecio.
La oposición, salvo Odeh, guardó silencio o aplaudió. Lapid agradeció a Estados Unidos. Gantz dijo aquello de “vamos a ganar”. Frases vacías que suenan fuerte en tiempos de miedo. Y Ben-Gvir, el ministro de Seguridad, amenazó con decapitar a quien apoyara a Irán. No dijo “judíos” ni “árabes”, dijo “ciudadanos”. O sea, cualquiera. Eso también es terror, aunque lo digan con traje.
En el norte, en las fronteras con Líbano y Siria, la movilización fue total. Reservistas llamados de urgencia, madres que despedían a sus hijos con el celular en la mano, grabando, como si cada despedida tuviera que quedar registrada por si no hay regreso. El fantasma de Hezbollah acecha. Y todos saben que si entran, esto deja de ser una guerra de precisión y se convierte en otra cosa: arrastre, agotamiento, sufrimiento sin final.
Tibon lo dijo sin querer decirlo del todo: “La región entera puede entrar en una guerra de desgaste”. No sé si lo pensó en voz alta o si fue un suspiro. Pero lo dijo. Y yo, mientras anotaba, recordé otra guerra. La de los ochenta. La del Líbano. La que parecía rápida y duró años. La que nadie ganó.
¿Por qué ahora? Esa es la pregunta que no me dejo de hacer. ¿Porque la diplomacia fracasó? ¿O porque alguien decidió que ya no vale la pena fingir?
Yo no sé cuántos misiles más van a lanzar. No sé si Pahlavi será recibido como mesías o como turista. No sé si Netanyahu cree en lo que dice o solo necesita un enemigo vivo para seguir siendo útil.
Sé que en un garaje subterráneo de Tel Aviv, una mujer abrazaba a su hijo. Sé que el miedo no tiene nacionalidad. Sé que las alertas siguen sonando.
Y sé que, a esta hora, el café ya no quema.
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