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Era de madrugada cuando vi la foto del almirante Cooper parado junto a un mapa borroso, iluminado por la luz fría de un monitor. No dijo mucho. Solo asintió cuando le mencionaron los refuerzos. Como si ya supiera lo que venía.
Estados Unidos sigue lanzando proyectiles sobre Irán. Miles, dicen. Centros de mando, silos, bases navales. Todo en nombre de una operación que nadie puede definir con precisión. Unos días es por la paz. Otros, por la destrucción del régimen. Hoy, resulta que el régimen ya cambió —sin que nadie viera el momento en que se quebró.
Hablan de cuatro semanas. Trump dijo eso hace poco. Antes había dicho “dos o tres días”. Luego, “el tiempo que haga falta”. Claro, siempre en la tele. Como si la guerra fuera un show con temporada renovable.
Pero en Kuwait, bajo el polvo y el calor que no perdona, cuatro soldados ya no regresan. Uno murió tras agonizar horas. Otros tres cayeron en el primer ataque. Y hubo más: tres F-18 derribados por fuego amigo. Los pilotos saltaron. Sobrevivieron. Pero en la guerra, no sobrevivir también es una cuestión de suerte.
El Pentágono insiste: no hay tropas en tierra iraní. No ahora. Hegseth lo repite como una oración. Pero no dice “nunca”. Solo evita el detalle. Como si estuvieran ya midiendo el terreno, paso a paso, sin firmar nada.
La verdad es que nadie sabe qué quieren. A veces suena a miedo nuclear. Otra, a venganza. Otra, a oportunidad. Destruir misiles, sí. Aniquilar la Armada. Pero también, y eso lo insinuó Hegseth con tono de predicador: “elijan con sensatez”. Un mensaje directo a las fuerzas de seguridad iraníes. A esos soldados que un día obedecen y al otro podrían cambiar de bando.
En el fondo, esto no empieza ahora. Todos lo sabemos. Es la misma vieja historia con nueva tecnología: drones, aviones furtivos, satélites que no parpadean. Todo se mueve en silencio, pero deja rastros de fuego. Y mientras, los arsenales de Estados Unidos están vacíos. Vacíos de verdad. Entre Ucrania, Israel, Libia… Ya no sobra nada. Pero igual siguen enviando más. Como si la máquina no pudiera parar.
Me pregunto qué pasa en las casas de Irán. Esas que no salen en los mapas tácticos. Las escuelas vacías. Los hospitales con luces apagadas. Las madres que cuentan los minutos. Porque no se hable de civiles no significa que no mueran.
Y Chipre… ¿por qué Chipre? Ahí también hubo alerta. Allí llegó el eco de la guerra. Como si ya no bastara con el Golfo. Como si el fuego tuviera que saltar.
Hace unas semanas, Trump pidió la rendición. Inmunidad a cambio de la sumisión. Nada ocurrió. Y Jameneí, según dicen, murió en los bombardeos. Pero el régimen sigue. O cambió. O está cambiando. O fingiendo.
La pregunta que no se atreven a hacer es simple: ¿cuántos más van a morir por algo que ni siquiera tiene nombre claro?
Porque Operación Furia Épica suena a película. Como si el título lo hubiera elegido un guionista cansado.
Y aún así, siguen.
Y aún así, nadie dice basta.
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