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A las dos de la mañana, cuando el café ya no es café sino un poso amargo en el fondo de una taza de plástico, uno piensa en las cosas que no se dicen.
Como por ejemplo: un ministro iraní negando que hayan pedido tregua cuando el cielo de Teherán sigue ardiendo. Como que el presidente de Estados Unidos diga que ganan una guerra que nadie entiende cómo empezó ni quién puede ganar. Como que el estrecho de Hormuz esté cerrado, y con él se cierren también las venas del petróleo global, y con ello los mercados, y con ello los bolsillos de gente que ni siquiera sabe dónde queda Hormuz.
Pero aquí no se trata de mapas ni de barriles de crudo. Se trata de una foto. La del sistema de defensa israelí disparando al cielo sobre Tel Aviv. Es domingo, 15 de marzo, 2026. Hay misiles en el aire, hay rastros de fuego, hay pánico con forma de silueta humana corriendo tras una cortina de humo. La imagen tiene autor: Ohad Zwigenberg, de la AP. Pero no es una imagen. Es una promesa incumplida. La promesa de que la guerra se puede contener, que se puede predecir, que se puede vender como victoria.
Porque esa es la palabra que repiten ahora en Washington: “victoria”. Como si fuera un botón, como si fuera un logro, como si no fuera, en realidad, una mentira que se repite hasta convertirse en discurso oficial. El presidente Trump dice que ganan. Su administración lo repite, con frases cortas, con lenguaje de cartel electoral. Dice que Irán pidió paz. Irán lo niega. No importa.
Mientras tanto, en el Líbano, las fuerzas israelíes avanzan. No es solo una escalada. Es una segunda frente abierta. En secreto, hay alguien que dice que Israel busca negociar un alto al fuego directo con el gobierno libanés. Pero nadie dice quién. Nadie confirma. Solo se filtra. Como si ya todo pasara en off, en el rincón sucio del poder, donde las decisiones se toman con audios, con llamadas, con fuentes anónimas que son siempre las mismas.
Y entonces viene la pregunta: ¿al final de toda esta oscuridad, quién tendrá el uranio? Irán dice que su material altamente enriquecido está bajo las ruinas de la guerra pasada. Enterrado. Inaccesible. Pero sigue existiendo. Y mientras el régimen iraní esté en pie, aunque golpeado, sigue siendo capaz —dicen— de provocar caos global. El mundo entero está a tres semanas del próximo ataque, o de la próxima falsa rendición.
Pero no hay solo guerra. Hay también un acto político ridículo, con pretensiones de gravedad: el SAVE Act. Algo que suena a protección pero que en realidad es otro filtro de exclusión. Se trata de exigir identificación con prueba de ciudadanía para votar. Pasaporte. Partida de nacimiento. Cosas que millones de personas no tienen a mano, o no pueden tramitar, o no saben dónde buscar. Y todo por una supuesta invasión de no ciudadanos votando en elecciones. Que no existe. Que no hay prueba. Pero que sirve. Sirve como bandera. Como odio útil.
Los demócratas lo bloquean. Falta un voto. Falta más. Y todos sabemos que no pasará. Pero se insiste. Porque a veces no se trata de aprobar una ley, sino de instalar una idea: la de que el enemigo está adentro. Que el voto ajeno contamina.
Entonces, mientras el mundo arde, se premia el cine. Mejor película: Una Batalla Tras Otra. Mejor director: Paul Thomas Anderson, por fin. Michael B. Jordan gana actor principal por una cinta de vampiros, de horror, de género. En fin. Mientras caen bombas, se agradece al director de fotografía. Es negro. Mujer. La primera en ganar ese premio. Nadie lo menciona como debería. Se lo agradece, se sonríe, se sigue adelante. Como si el simbolismo bastara.
Escucho a un amigo —no recuerdo bien cuándo, hace semanas o días— decir: “La guerra moderna se gana en dos frentes: uno con misiles, otro con narrativas”. Y pienso en eso mientras veo a Ice Cube recibir el Razzie completo. La peor película. El peor remake de La Guerra de los Mundos. Ironía o augurio, no sé. Quizás las dos cosas.
Habermas murió. Filósofo alemán. Pensador de la razón comunicativa. Murió a los 96. En Starnberg. No dijo nada sobre esta guerra. Claro. Ya no estaba. Pero su ausencia pesa. Porque ahora nadie habla de diálogo. Solo de fuerza.
Y el Kennedy Center cierra en julio. Grenell se va. Trump lo anuncia como si fuera un triunfo. No sé por qué. No entiendo. Pero todo tiene movimiento. Todo cambia aunque nada cambie.
¿Quién gana?
No es nuevo, no es nuevo.
Pero nadie responde.
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