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Eran las 7:40 de la mañana en Bangkok, ya entrando en el calor del alba, cuando la puerta de Klong Prem se abrió y salió Thaksin Shinawatra. Sin pasos agitados, sin gesto de victoria. Sólo cansado, como si hubiera corrido una maratón invisible —y aún le quedaran kilómetros por andar.
Lo primero que vio no fue la multitud, sino un par de manos que ya se acercaban: familiares. Hijos, hijas, nietos… El tipo de abrazos que no necesitan palabras, porque ya saben dónde duerme el miedo y dónde descansa la esperanza. Luego aparecieron los rostros rojos: cientos de ellos, con camisetas Pheu Thai ondeando como banderas de una guerra que no terminó, sino que cambió de terreno. Alguien gritó “We love Thaksin”, y otros se unieron, sin vergüenza, sin miedo —por ahora—.
No era una liberación cualquiera. Era la consecuencia de ocho meses cumplidos de una condena de un año —poco, pero suficiente para que el sistema le recordara que sigue regido por leyes hechas por otros, otros que nunca perdonaron que un telefonista de Chiang Mai lograra que el campo entero cantara su nombre.
El gobierno lo soltó en abril. Dijo que era por la edad, por la salud, por la “humanidad” de la justicia. Pero Thaksin tiene 76, y los jueces lo saben: ya no es el mismísimo Thaksin de 2001, cuando los campesinos le llevaban arroz y flores, cuando prometió un seguro médico para todos y los bancos le temblaron. Ahora es un fantasma con monitor electrónico ajustado a su tobillo, y un historial que pesa más que el plomo.
Volvió a la casa de la familia Shinawatra, en Thonburi, al sur de la ciudad. Parece un refugio, sí —pero también una plaza fuerte. Aquí se discuten alianzas, se calientan planes, se curan heridas políticas. Y si alguien preguntaba, como lo hizo su hija Paetongtarn tras visitarlo en prisión, que “no hablaron de política, solo de familia”, bien sabemos que eso es como decir que un volcán no humea. En realidad, sí humea. Sólo que se oculta bajo capas de paciencia.
Porque la política tailandesa no gira alrededor de presidentes. Gira alrededor de quién controla el Ejército, quién tiene el apoyo real de la Casa Real, y quién aún guarda en el bolsillo los nombres de los que no aparecen en las listas. Anutin, el primer ministro actual, es la cara visible de una coalición que se sabe débil pero firme: Bhumjaithai, militarista, conservadora, y con el respaldo silencioso pero contundente de los mismos que derribaron a Thaksin en 2006.
Y sin embargo, aquí está su sobrino, Yodchanan Wongsawat, como ministro de Educación Superior. Aquí está su partido, el Pheu Thai, con su peor resultado electoral en 2026… pero aún dentro del gobierno. ¿Contradicción? No. Es la lógica del exilio interno: no se trata de vencer, sino de sobrevivir lo suficiente como para que el tiempo le guste a uno.
Hace unas semanas, alguien me dijo, más o menos: “En Tailandia, los políticos no mueren. Se transforman”. Y quizás sea cierto. Thaksin no volvió a ser presidente. Ni siquiera a ser diputado. Pero sigue siendo Thaksin. Y eso, en Bangkok, sigue siendo una fuerza sísmica.
El monitor se encendió a las 00:40 UTC. Una luz verde en su tobillo. Nadie lo vio. Pero todos lo sintieron.
La pregunta, ahora, no es si volverá.
La pregunta es: ¿qué hace un país cuando su pasado no se rinde, y el futuro no llega?
No es nuevo. No es nuevo.
…Y de pronto, la pantalla se oscureció.
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