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Alguien que siempre ha sabido leer entre líneas —como esa vez que me senté junto a un exdiplomático en el metro de Caracas, con su café humeante y los ojos fijos en los papeles doblados—, me dijo una cosa que aún me ronda: no hay paz forzada sin que alguien la pague en silencio.
Hace poco, un par de voces en Tehran anunciaron que Estados Unidos no tendría más remedio que aceptar una propuesta de quince puntos —o catorce, no me acuerdo bien— para terminar una guerra que nadie declaró, pero que todos carryan como una herida mal curada. El hombre que lo dijo, Ghalibaf, presidente del parlamento iraní, habló desde una tribuna donde el eco le devolvía su propia seguridad como si fuera un eco de cementerio. Nada de gestos extendidos, ni sonrisas forzadas. Solo un tono calmado… pero con algo de agrio, como el vino dejado demasiado tiempo al sol.
Me costó encontrarlo: el documento. No es público. Ni siquiera en los archivos del parlamento. Lo que sí se repitió, sí, como una grieta en el silencio, fue esa frase —no exactamente así, pero muy cerca—: “no tiene alternativa más que aceptar”. Como quien pone una pistola sobre la mesa y luego dice: “no, no es para usted… es para que se anime a sentarse”.
¿No les suena?
Porque hubo un momento, no hace tanto, en Qom, cuando un grupo de estudiantes de teología firmó una carta —ahora desaparecida— en la que decían que la “tolerancia estratégica” no era debilidad, sino paciencia calculada. No tengo la fecha exacta, pero era otoño. Las hojas se caían como promesas rotas, y todos esperaban que alguien las recogiera. Nadie lo hizo.
Lo que importa, aquí, no es lo que Iranpropone. Es lo que no dice. Lo que se entiende sin que se nombra: las fuerzas de la Guardia Revolucionaria, las milicias en Líbano, Gaza, Yemen… ¿acaso no están en juego cuando hablan de “guerra”? ¿O esas son siempre secundarias, como si los muertos no tuvieran nacionalidad?
Bueno… hubo un día en Bagdad, hace un par de años, cuando un viejo comboniano —creo que se llamaba Padre Roberto— me llevó a ver una tienda de regalos vacía en la Zona Verde. Dijo: “Aquí no se venden más armas desde que la propuesta X llegó a manos equivocadas. No por orden moral, sino por cansancio”. Fue la única vez que escuché a un sacerdote católico hablar de “estrategia con hambre”.
Y ahora, con esta propuesta en el aire…
¿Alguien ha preguntado cómo se enteró Estados Unidos? ¿A través de su embajada en Teherán, que sigue operando con un cohibe y un par de traductores? ¿O fue alguien de la tríada de seguridad nacional —ese grupo invisible que rara vez se nombra, pero que nunca falta— quien le hizo un gesto de llamado a un interlocutor que, claro, jamás lo confirmó?
La verdad es que EE.UU. no ha respondido. Ni con sí. Ni con no. Ni con silencio total. Ha dejado pasar tres días. Cuatro, tal vez. Eso es mucho tiempo en política exterior. Mucho.
En realidad, ya no es sobre lo que está en el papel. Es sobre lo que no está. Sobre quién lo firma. Sobre quién no lo firma pero sí lo ejecuta. Sobre quién duerme bien esa noche y quién pasa revista de nuevo en suhabitación, con la luz apagada y las manos en el borde de la cama.
No es nuevo. No es nuevo.
Y aún así…
Alguien, en alguna oficina con paredes de vidrio, debe estar escribiendo una respuesta. No una nota. Una carta real. Con tinta, papel, sello, y la duda de si alguien la va a abrir —o si, simplemente, la quemará antes del amanecer.
¿A quién le toca encender el fuego esta vez?
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