Afroman wins defamation case over ‘Lemon Pound Cake’ raid video : NPR

Afroman gana juicio histórico contra policías tras burla viral

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Afroman cruza los juzgados de Ohio con un traje de estampado de bandera norteamericana, lentes oscuros, abrigo blanco de piel artificial. Parece un triste Carnaval. Pero no hay fiesta. Hay una sentencia. Él, Joseph Foreman, ganó.

Sí —el tipo de Because I Got High— el de los años dos mil, el que sonaba en los carros viejos con los bajos tronando, el que nadie pensó que iba a terminar en un juicio por derechos civiles en la era post-Trump.

La historia no empieza en la corte. Empieza en una casa. Agosto de 2022. La puerta de su hogar en Ohio vuela en pedazos. Armados hasta los dientes, seis patrulleros del sheriff de Adams County entran como si fueran a neutralizar un peligro inminente. No había explosivos. No había rehenes. No había narcos. Solo estaba su familia: su esposa, sus hijos —diez y doce años—, y las cámaras de seguridad grabando todo.

Nada. No encontraron drogas, ni secuestro, ni nada de lo que dijeron que iban a encontrar. Pero sí se llevaron cuatrocientos dólares en efectivo. Sí destrozaron la puerta. Y sí, mientras uno revisaba su ropa, otro se quedó mirando un molde de bizcocho de limón.

La cámara lo capta todo.

Y Afroman, desde afuera, sin casa intacta, sin dinero completo, con sus hijos traumatizados, se pregunta: ¿Qué puede hacer un hombre negro, solo, frente a estos tipos que tienen armas, chalecos antibalas y el poder del Estado?

La respuesta fue: Hacer un disco.

Lemon Pound Cake. Un álbum de 14 canciones. Todas con fragmentos de la grabación. Temas como The Police Raid, Why You Disconnecting My Video Camera. Letras que mezclan rabia, ironía, dolor. Música de protesta hecha con samples de la propia violencia estatal.

Vendió camisetas. Hizo memes. Comparó a los policías con Quasimodo, con Peter Griffin. Dijo cosas más graves —infidelidades, acusaciones de pedofilia—, pero siempre con un matiz ambiguo, ese tono exagerado que en el rap no es noticia, es arte. Es sátira. Es supervivencia.

Los policías se sintieron expuestos. Y no faltó quien les recordara a cada paso lo del bizcocho. Shawn Cooley, el exdelegado, dice que ahora recibe bizcochos anónimos en la oficina. Otro, Brian Newland, juró que el escándalo lo obligó a renunciar a su “sueño de vida” como alguacil. Lisa Phillips lloró en la corte. Dijeron que su reputación se vino abajo. Que no pueden caminar tranquilos.

Pero entonces Afroman dice, en su defensa, con voz calmada:

Yo tampoco puedo caminar tranquilo. No desde que mi hijo me preguntó por qué esos señores apuntaban con fusiles a su madre.

La pregunta central no era si fue gracioso, o de mal gusto, o si se pasó. La pregunta era: ¿es libre expresarse cuando el Estado te pisa la casa y se lleva tu plata? ¿Puede un ciudadano usar el arte para responder?

El abogado de Afroman, David Osborne, hizo una jugada sutil. Trajo a una maestra —exesposa de uno de los policías— a testimoniar. Le preguntó si su clase conocía WAP, de Cardi B. Ella dijo que sí. ¿Y se lo tomaron literal? No, dijo. El mensaje era claro: en el rap, la exageración no es mentira. Es lenguaje.

Uno de los policías, al ser llamado “hijo de puta” en una canción, respondió: “Mi madre ya murió”. El salón se rió. Hasta el abogado.

Pero no fue cómico. Fue triste.

Porque lo que estaba en juego no era un video de tres minutos. Era el derecho a contar tu versión cuando el sistema te aplasta. Era la libertad de reírte, aunque sea con rabia, cuando te invaden, te acosan y te insultan sin razón.

Los policías querían 3.9 millones. Querían que borrara los videos. Que se callara.

La justicia dijo no.

Y ahora, Afroman no celebra como un triunfador. Dice: “Yo no gané. Ganó Estados Unidos”.

Pero no todo Estados Unidos. Solo el pedacito que todavía recuerda que la libertad de expresión también sirve para los que no tienen uniforme ni pistola.

El video de Lemon Pound Cake tiene casi cuatro millones de vistas. El comentario más aplaudido es: “Gracias a la policía por hacerme descubrir esta joya”.

Ironía absoluta: una demanda por invasión de privacidad… terminó volviendo públicos a los que querían ocultarse. El efecto Streisand en su máxima expresión.

¿Y los 400 dólares? El sheriff dijo que fue error de conteo. Newland lo admitió. Pero ya no importa. El dinero no era el punto.

El punto fue el miedo. El abuso. La impunidad. El derecho a responder con lo único que le quedó: su voz.

Ahora anda con su traje de bandera. Algunos lo ven como un payaso. Otros, como un símbolo.

Pero nadie puede decir que no dijo lo que vio.

¿Qué dice esto del país donde un artista debe transformar un allanamiento en un álbum para que lo escuchen?

No se sabe. Pero duele.

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