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Delcy habló de su padre. Dijo eso de venir como abogada, como presidenta, como hija. Algo así como: “Mi viejo estuvo preso, murió torturado”. No sé si dijo “torturado”, pero fue algo peor que decirlo: lo bajó la voz, como si le diera vergüenza el poder, como si el poder le diera asco aunque lo tenga.
Y justo después anuncia la amnistía. Como si el perdón saliera del luto. Como si la ley saliera de una herida que nunca cerró.
Pero no se engañe nadie. Esto no es una redención. Es un movimiento. Maduro está fuera del país, lo sacaron en la madrugada del 3, con tropas gringas en suelo venezolano. Nadie antes lo creería, y menos con balas, pero así pasó. Y ahora la estructura sigue viva, solo que con otro timón. Delcy en el centro. Jorge Rodríguez anunciando liberaciones que no liberan. Zapatero, Lula, Qatar, todos repitiendo el mismo guion: negociemos, canjeemos, suelten uno, encarcelen otro en silencio.
Hoy la cárcel del Helicoide —sí, esa, la que huele a pared mojada y a miedo— va a ser centro deportivo. Familiar policial, barrios cercanos. “Servicios sociales”. Y bueno… todos lo sabemos: la misma institución que arreó gente allí, ahora la convertirá en parque de asfalto y redes de fútbol. Igual que pasó con las sedes de la Dgcim que antes eran escuelas, y ahora son sedes de la Dgcim otra vez.
La amnistía borrará las causas, dijo. Pero no a los que mataron, ni a los que robaron, ni a los de delito común. Lo importante: los políticos pueden quedar libres. Sin pasado judicial. Sin carga. Sin filo. Pero ¿cuántos quedan?
Más de trescientos, según los observadores. Seis, setecientos aún dentro, dicen otros. Y hay quien habla de 808 ya fuera, pero los familiares no lo creen. No hay listas. No hay nombres oficiales. Solo respuestas evasivas, excarcelaciones al tanteo. Gente que sale con prohibición de hablar, de viajar, de trabajar en ciertos puestos. Libertad vigilada. Libertad fingida.
Y afuera, las madres. Desde el 9 de enero acampan en Rodeo I. En Guatire, en Caracas, en Maracaibo. Con velas, con fotos, con gritos rotos. Ellas presentaron su propia ley. Fijan el 1 de febrero de 2014 como inicio: antes de las primeras grandes protestas. Quieren incluir a todos, incluso los exiliados. Periodistas. Activistas. Militares. Víctimas. Quieren sobreseimientos, verificación, reparación. Honestamente, no creo que la lean siquiera.
Porque esto no es una transición. Es un ajuste. Hay detenidos que solo recuperaron el derecho a recibir visitas, después de meses incomunicados. ¿Eso es gracia?
Y Trump, ahí. Apretando desde fuera. Como si el chavismo, ahora orfandad, necesitara tutor. Washington da su visto bueno. Y el chavismo, en realidad, sigue. Mismo aparato. Mismos cuerpos. Mismos jueces. Mismas celdas.
La amnistía, si llega, no borrará las torturas. No llamará a rendir cuentas a los que firmaron sentencias sin pruebas. No mencionará los muertos en tribunales, los desaparecidos, los que se cayeron solos en un pasillo de una sede policial sin cámaras.
No. Borra los expedientes. Pero no los huesos.
¿Y los que no aparecen? ¿Los que no tienen madre en vigilia? ¿Los que no están en ninguna estadística?
Esos ni siquiera entrarán en la ley.
Ni siquiera existieron.
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