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Raisi ya no está, pero su imagen sigue parpadeando en las pantallas de Assalouyeh. Allí, donde hace un año inauguraba con gesto serio una nueva fase de South Pars, ahora sólo quedan grúas girando sobre escombros en cámara lenta y operarios que caminan con pasos cortos, como evitando tocar algo caliente.
No fue un misil. Fue un bombardeo. Y no contra Teherán, no contra una base militar, no contra un depósito de armas. Fue contra el vientre mismo del sistema: Pars Sur, el pulmón de gas más grande del planeta, ese que late bajo el Golfo y que Irán comparte con Qatar como si fuera un secreto de familia que ambos saben que algún día explotará.
La Guardia Revolucionaria no esperó. Envió alertas minutos después, con la precisión de quien ya tiene el mapa de la venganza escrito. Ras Laffan. Mesaieed. Yubail. Al Hosn. Nombres que suenan a código, pero son puertos, refinerías, venas abiertas. Y menos de una hora después, un proyectil cayó sobre Ras Laffan. No fue Israel. Pero fue su eco.
El fuego se encendió. Luego, el silencio de los mercados. Y después, el alza: barril de Brent a 109 dólares. Gas TTF a 55,5 euros. Cifras que no mienten. No es pánico. Es cálculo.
Qatar habló. Majed Al Ansari, con ese tono de quien repite por enésima vez lo mismo frente a un muro: peligroso, irresponsable. Dijo “instalaciones vitales”, dijo “derecho internacional”. Nombró a Israel. No a Estados Unidos. Curioso. Porque Washington no dice nada. Ni siquiera desde esa base en Al Udeid, la más grande del mundo, esa que Qatar alberga como un favor que ya nadie agradece.
Pero el mensaje llegó. El canal 12 en Israel lo dejó claro: esto no fue solo un ataque. Fue una carta firmada con fuego. Una advertencia: abran Ormuz, o se quedan sin lo que queda.
Y en medio, los cuerpos. No los de los muertos —porque no hubo heridos, al menos eso dicen—, sino los de los que evacuaron, los que corrieron, los que sabían que si cae un proyectil aquí, cae sobre todos. 730 millones de metros cúbicos diarios. Eso exportaban. Eso quemaban. Eso vendían.
Pero más allá del fuego, más allá del precio del gas, están los muertos que no se ven. Lariyani. Soleimani. Jatib. Asesinatos selectivos, dicen. Como si la palabra “asesinato” no pesara. Como si no supieran que matar al jefe de inteligencia o al comandante de la Basij no es debilitar un régimen, sino acorralarlo.
Y el régimen sigue. Pezeshkian habla de “consecuencias incontrolables”. La directora de Inteligencia de EE.UU. dice que está “ampliamente debilitado”. Sí. Pero sigue respirando. Porque ahora no necesita ejércitos. Necesita tan sólo un canal, un barco retenido, un oleoducto cerrado. Ormuz. Ese pedazo de agua por donde pasaba el veinte por ciento del petróleo del mundo. Ahora pasa menos.
Y mientras tanto, el mundo espera. No a que se firme un acuerdo. A que alguien diga basta.
Pero ¿quién?
¿Cuándo el precio del barril duele más que una bomba?
No lo sé.
La verdad es que, a esta hora, con el café frío y la pantalla temblando, lo único que sé es que no hay neutralidad en una guerra por la energía.
Solo hay ganadores con las manos limpias y perdedores que ni siquiera saben que ya murieron.
Hace semanas que nadie duerme en Assalouyeh.
Tampoco, probablemente, en Washington.
Ni en Tel Aviv.
Ni en el puente de un buque cisterna que navega ahora mismo hacia Oriente, con el motor a media voz, como si temiera ser escuchado.
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