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Hussein tenía dieciséis años. Solo eso: un niño cuya edad se mide en estaciones, no en conflictos. Lo mataron al amanecer, en Kfar Dan, un pueblo que pocos pueden localizar en el mapa pero donde, según dicen, se cruzan los rumbos de la supervivencia y la guerra. El cráter aún humea, pero los vecinos ya no miran hacia arriba. Han aprendido que el cielo, aquí, no trae lluvia, solo explosiones.
Dicen que Israel atacó trece veces en menos de una hora. Cuatro en Shmestar, cinco en Boudai, dos en Harbata, dos más en las montañas de Hermel y Nabi Chit. Nombres que suenan a silencio. Lugares que no existen para Google, pero que para el ejército israelí son objetivos claros: ocho campamentos, seis supuestos almacenes de armas, un “centro de entrenamiento especial” para lo que llaman la Fuerza Radwan, la élite de Hezbollah. “Preparación para emergencias”, dijeron desde Tel Aviv. “Planificación terrorista”. Palabras vacías, recicladas cada vez que cae una bomba.
Pero los muertos no son reciclables. Hussein al-Khalaf era sirio. O sea, doblemente desprotegido: sin Estado, sin protección, sin fronteras que lo reconozcan. Lo enterraron rápido, como se entierra a los que no deben dejar rastro. Mientras tanto, en otro valle, docenas de heridos —veintinueve— se amontonan en hospitales sin camas, sin morfina suficiente, mientras los equipos médicos repiten: “esto no se acabará”.
No se acabará.
Eso lo saben en Naciones Unidas desde hace meses. Más de 300 muertos desde noviembre del 2024, cuando se supone que hubo tregua. Entre ellos, 127 civiles. Mujeres, niños, gente que apenas sabía quién era Radwan o qué hacía allá arriba. Pero nadie les pregunta. Nadie les pide permiso antes de lanzar.
Lebanéses, sirios, palestinos… todos bajo el mismo cielo rasgado. La semana pasada, otras doce personas murieron en el mismo valle, en Ein el-Hilweh. Y antes, 2.036 violaciones del cese al fuego en tres meses. Solo entre octubre y diciembre del 2025. Dos mil treinta y seis. Un número que no entra en ninguna cabeza, solo en informes que nadie ejecuta.
Israel sigue ocupando zonas fronterizas. No se fue. Y donde no se va, no se reconstruye. Las casas siguen en ruinas, los sembradíos calcinados, la gente dormida en escuelas, en sótanos, en tiendas de lona. El gobierno libanés dice que cumplió con desarmar a Hezbollah al sur del Litani. “Solo falta una fase”, aseguraron. Pero Hezbollah no lo acepta. Para ellos, todo se limita al sur del río. Lo demás, zona de guerra. Y allá, no negocian.
Hace unas semanas —no sé bien cuándo—, un general retirado me dijo algo que no olvido: “Mientras el mundo hable de acuerdos, aquí solo se entiende el idioma de las bombas”.
Lo dijo sin amargura, como quien acepta lo inevitable.
Hoy, en el mercado de Baalbek, unas tiendas reducidas a escombros. Nadie sabe cuándo volverán a abrirlas. Quizás nunca. Alguien colgó en un muro una foto de Hussein con una frase: “No era un blanco. Era un niño”.
¿Y el resto? ¿Los que no salen en los comunicados? ¿Los que ni siquiera tienen nombre en la prensa?
¿Qué les queda?
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