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Goli Kouhkan tiene 25 años. Es baluchí, originaria de una región marginada en el este de Irán. Su historia podría ser la de cualquier niña pobre y analfabeta nacida en el mismo contexto. A los 12, la vendieron en matrimonio a un primo. No tenía documentos, oficialmente no existía.
Nació en una familia pobre y analfabeta. A los 13, estuvo a punto de morir al dar a luz en su casa, sin asistencia médica. Las palizas de su marido habían marcado su embarazo. Intentó escapar varias veces, pero la presión social y su condición de indocumentada la mantuvieron atrapada.
A los 18, pidió ayuda a un primo de su marido al verlo golpeando a su hijo de cinco años. En el altercado, su cónyuge murió en circunstancias confusas. Kouhkan llamó a una ambulancia, pero fue condenada a muerte en un juicio lleno de irregularidades, según denuncian expertos de Naciones Unidas y la ONG Iran Human Rights.
Honestamente, cómo una niña de 12 años puede ser vendida en matrimonio es algo que nos cuesta entender, pero en Irán no es nuevo, no es nuevo. Las autoridades no reconoce la violencia de género ni la violación dentro del matrimonio. Para las mujeres, el divorcio es prácticamente imposible, y si lo logran, pierden la custodia de sus hijos a los siete años.
Irán es el segundo país del mundo en ejecuciones, solo después de China. Es el primero en relación con su población. En 2024, 31 mujeres fueron ahorcadas. En 2025, ya van 40, un nuevo récord en los datos de la ONG Iran Human Rights.
La mayoría de esas mujeres fueron condenadas por matar a sus maridos. Muchas, como Kouhkan, fueron casadas de niñas. Mahmood Amiry-Moghaddam, director de la ONG, señala que estas mujeres son pobres, victimas de violencia, a veces obligadas a casarse con sus propios violadores. Terminan matando por desesperación, en defensa propia o de sus hijos. Son mujeres atrapadas, que no tienen otra forma de escapar.
La legislación iraní permite a la familia de la víctima elegir entre la ejecución del acusado, el pago de una compensación económica llamada «precio de la sangre», o el perdón. En el caso de Kouhkan, su familia política fijó el precio en 85.000 euros, luego reducido a 80.000.
Una campaña de donaciones en línea iniciada por la fundación australiana Qasim Child Foundation reunió esa suma. Kouhkan fue perdonada y evitará la ejecución. Su historia podría haber terminado de otra manera, pero ahora será liberada.
No es justo, pero a veces la justicia depende del dinero. Y la vida de Goli Kouhkan, por ahora, se salva gracias a una colecta. Pero, ¿qué pasa con todas las demás?
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