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Balen Shah subió al escenario con los hombros encogidos, como si aún llevara puesto el casco de ingeniero que diseñaba puentes antes de que la ciudad lo eligiera alcalde. Ahora es primer ministro. A los treinta y cinco años, con un pasado de rapero que nadie en Kathmandu ha olvidado, lo juraron el viernes. Nadie lo vio venir así, aunque todos sabíamos que algo se venía.
Hace meses, cuando las protestas estallaron, nadie hablaba de políticos. Hablaban de hambre, de corrupción que se comía el sueldo antes de que llegara a casa, de un sistema que se repetía como un bucle: gobierno tras gobierno, treinta y dos desde los noventa, ninguno completó su mandato. K.P. Sharma Oli, que ya había estado cuatro veces al frente, se fue el nueve de septiembre. No renunció, no. Lo empujaron. Las calles ardiendo, el humo mezclado con gritos, y en medio de eso, una nueva fuerza: el Partido Swatantra, fundado en 2022, apenas dos años antes, tomó 82 bancas en la cámara baja. Oli, con todo su peso histórico, se quedó con 25.
Balen no es el único que llega desde afuera. Rabi Lamichhane, el presidente del partido, fue figura de televisión. Hoy es viceprimer ministro y ministro del Interior. Los dos son novatos, sí, pero no ingenuos. Lamichhane habló con Modi. Dijo algo de una “diplomacia del desarrollo”. No recuerdo bien cómo lo dijo, pero sonaba a que quieren carreteras, hospitales, electricidad. No banderas, no alineamientos.
Y eso es justo lo que asusta.
Porque Nepal nunca ha estado solo. Tiene 1.750 kilómetros de frontera con India, por el sur. Al norte, el Tíbet, que es China. Y luego Estados Unidos, que entra por fondos, por el MCC, ese acuerdo de 550 millones que firmaron en 2022. China, con su Iniciativa de la Franja y la Ruta, ya puso su pie en carreteras, trenes, redes eléctricas.
El viejo juego era fácil: los liberales hacia India y EE.UU., los comunistas hacia Beijing. Pero Balen y Lamichhane no vienen de esa lógica. No tienen los prejuicios. Un exministro dijo que por eso no tienen sesgo. Pero hay otro tipo de peso, más pesado: el que viene de afuera.
El paso de Lipulekh, por ejemplo. India lo controla, pero Nepal lo reclama. Lo reabrieron hace poco. ¿Silencio? Ojalá. Pero es una espina. En 2015, con el bloqueo —aunque India dice que no fue un bloqueo—, Nepal entendió que depender de un solo vecino es arriesgado. Entonces se acercaron a China. Ahora, con estos dos al frente, todo está otra vez en el aire.
El mismo Lamichhane dijo que quieren hacer de Nepal un “puente vibrante” entre India y China. Suena bonito. Suena peligroso.
Y el mundo ya llamó. Rusia, Reino Unido, EE.UU., China, India: felicitaciones oficiales. El mensaje estadounidense fue claro: trabajaremos en “prosperidad y seguridad”. China, con su Iniciativa Global de Seguridad, ya extendió la mano. Hasta el programa militar SPP de EE.UU., que Nepal rechazó en 2022 por la política de no alineación, podría volver a la mesa.
Una exministra de Relaciones Exteriores advirtió: cuidado con tomar decisiones rápidas. No por el gobierno, no, sino por el mundo que está cambiando.
Timilsina, del área de relaciones internacionales del RSP, me dijo —bueno, dijo en alguna entrevista que escuché— que seguirán la Constitución, que manda a no entrar en alianzas estratégicas. “Una política pragmática”, dijo. “Que aprenda de los errores.”
Pero Chandra Dev Bhatta, el analista, lo dijo mejor:
—No tienen bagaje ideológico, sí. Pero podrían cargar otro: el geopolítico.
Y si eso pasa…
Bueno.
El café se quedó frío.
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