Erdogan’s political fate may be determined by Turkey’s Kurds

El partido kurdo que desafía a Erdogan desde las sombras

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Es de madrugada en Diyarbakır. Hisyar Ozsoy, el copresidente del HDP, camina entre las mesas de un café que no cierra, con el teléfono en una mano y los ojos cargados. No duerme desde hace días. Dice que hay cosas más pesadas que el insomnio. Dice que, esta vez, no pueden fallar.

Turquía está al borde. No de una guerra, no de un golpe, sino de algo más sutil, más raro: una elección que podría romper veinte años de un solo nombre, un solo rostro, un solo discurso. Y en medio, este partido, el HDP, condenado, perseguido, con su líder en prisión desde 2016, sus sedes allanadas, sus alcaldes destituidos, sus candidatos obligados a correr bajo otro nombre —el Partido Verde Izquierda— por miedo a que los cierren. Y sin embargo, aquí está, con el dedo en el interruptor.

No van a presentar candidato presidencial. Lo dijeron el 23 de marzo, con una solemnidad que no era solo táctica, sino casi funeraria. “Frente a la dictadura de un solo hombre…”. Algo así dijo. Pero no usaron esa palabra —dictadura—, usaron “régimen de un solo hombre”, que suena más civilizado, más político. En realidad, todos sabemos de qué hablan.

Ellos no lo dicen, pero todos los analistas lo repiten: el HDP es el que puede abrirle la puerta a Kilicdaroğlu. No por amor, no por alianza formal, sino por ausencia. Por no estar. Por dejar libre el espacio. Porque si un partido no existe, los demás votos no se dividen. Y si no se dividen, tal vez, solo tal vez, Erdogan pierde.

Pero no es fácil. Nada aquí es fácil.

El HDP lleva siglos cortos como dardo. Nacieron en 2012 no solo como partido, sino como respuesta. Una pregunta: ¿cómo resolver el conflicto kurdo? De manera pacífica. Democrática. Sin balas. Y por eso mismo pasaron de ser una voz a ser vista como una amenaza. Porque una solución política al conflicto kurdo en Turquía significaría también una rendición de cuentas. Significaría reconocer que no todo se arregla con redadas, con cárceles, con campaña de miedo. Significaría, para muchos, la fragilidad del mito nacional.

Erdogan lo entendió rápido. Primero los sedujo —recuerdas aquella época, cuando levantaron la prohibición del idioma kurdo, cuando parecía que íbamos a entrar en otro tiempo—. Después los aplastó. En 2015, el HDP cruza la barrera del 10%. Entra al parlamento. Niega la mayoría absoluta al AKP. Cinco meses después: elecciones anticipadas. Campaña feroz. Estado de emergencia. Represión. Y el HDP baja al 10.7%. Justo por debajo. Justo al límite. No es casualidad. No es casualidad.

Ahora, en 2023, el HDP no se presenta. Pero no apoya. Al menos no abiertamente. Ozsoy lo dice con cuidado, como quien camina sobre hielo agrietado: no quieren contaminar el ambiente. No quieren que el debate se convierta en una batalla entre nacionalistas furiosos y quienes, al decir que quieren cambio, parecen aliados del terrorismo. Porque eso es lo que hace el gobierno: no discute propuestas, dibuja enemigos.

Hay otro frente, más oscuro. El Partido de la Causa Libre, un grupo islamista kurdo, pequeño, sin representación, ha dicho que sí a Erdogan. No es mucho, pero es símbolo. Divide. Crea duda. Porque muestra que el pueblo kurdo no es un bloque. Que hay quien cree en el nacionalismo religioso más que en la autonomía cultural. Que hay quien prefiere el poder actual a un horizonte incierto.

Y en Washington, en el Consejo de Seguridad Nacional, alguien dice que los recortes de producción de OPEP+ “no son aconsejables”. Pero ya no gritan. Biden dijo que Arabia Saudita pagaría un precio. Y no pasó nada. El dólar sigue intacto. En Teherán, alguien sube un meme con la moneda norteamericana enterrada. Se ríen. Pero el mundo gira igual.

Ayer, en Shandiz, un hombre arrojó un yogur a dos mujeres por no usar hiyab. Las detuvieron a ellas. Al hombre también. Pero las detuvieron a ellas. El ministro del Interior dijo que el hiyab es una necesidad religiosa incontestable. Lo dijo como quien no está negociando.

Aquí, en este café en Diyarbakır, Ozsoy repite: “somos conscientes de nuestra responsabilidad. Sabemos que somos decisivos.” No sonríe. Yo pienso en Selahattin Demirtaş, en prisión, escribiendo libros, dando entrevistas desde una celda. Sigue influyendo más que muchos libres.

¿Y si ganan? ¿Qué pasa después? Yo no lo pregunto. Él no lo responde.

Pero en el aire, entre el humo y el silencio del local, hay una certeza: si cae Erdogan, no será solo por los turcos laicos, por los urbanitas, por los hartos de la inflación. Será también por quienes han sido borrados, por quienes han caminado bajo el nombre de otro partido, por quienes han aprendido que el poder no siempre se toma con ruido, sino con ausencia.

La puerta puede abrirse. Pero no sabemos qué hay al otro lado.

Y a lo mejor, eso es lo más peligroso.

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