Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007
Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007


Peter Mandelson. Sí, ese hombre que ahora solo aparece en los titulares como un nombre en desgracia. Hace unas semanas —creo que fue a principios de febrero—, lo vi en una foto saliendo de un edificio en Londres, cabizbajo, sin corbata, como si el traje ya no tuviera sentido. Lo habían echado del cargo de embajador en Estados Unidos, renunció al Partido Laborista, y ahora la policía lo investiga. No por abuso, no por tocar a nadie. Por recibir dinero. Por pasar documentos. Por confiarle información a un hombre que ya sabían qué era: un traficante de niñas.
Y aquí, mientras tanto, nada. Silencio. Trump sigue allá, inamovible. Segundo mandato. Se acabó. No puede volver a postularse, sí, pero tampoco necesita hacerlo. Está blindado. Howard Lutnick, su secretario de Comercio —otro millonario de Palm Beach, vecino de Epstein—, apenas reconoció que fue con su familia a la isla en 2012. Antes decía que solo lo había visto unas veces. Ahora admite el viaje. Nada más. Nada pasa.
Pero en Europa están cayendo como fichas. No todos por sexo. Algunos por simples vínculos. Simples favores. Simples amistades. En Francia, Jack Lang renunció a un cargo cultural porque el gobierno quería hablar con él. En Noruega, Thorbjørn Jagland —ex primer ministro— enfrenta hasta diez años por corrupción. Corrupción. Por quedarse en las casas de Epstein, por visitar la isla. Y Mona Juul, embajadora en Jordania, también se fue. Porque Epstein les dejó diez millones de dólares a sus hijos en su testamento. Diez millones. A los hijos. Imagínate firmar eso.
Hasta la princesa de Noruega pidió disculpas. Ella no renunció, no. Pero pidió perdón. Por haber estado en una propiedad de Epstein en Palm Beach.
Aquí eso no pasa. Aquí se niega, se minimiza, se espera a que pase. Richard Painter, el exasesor ético de Bush, lo dice claro: el dinero protege. Y hay mucho dinero. El poder no está en el voto, está en el flujo. En quién invita a cenar, a quién lleva en el jet, a quién deja entrar en su isla.
Brad Karp se fue de Paul Weiss. Larry Summers abandonó Harvard. Kathryn Ruemmler dejará Goldman Sachs en junio. Pero son gotas. Gotas. No una tormenta. Y ni uno de ellos era funcionario clave. Nada como Mandelson. Nada como Jagland.
Y sobre Andrew… ese ya ni príncipe es. Ahora es Andrew Mountbatten-Windsor. Sin títulos. Obligado a salir de Frogmore Cottage. Y ahora lo investigan por pasar informes comerciales confidenciales a Epstein en 2010. Informes del Estado. A un delincuente sexual. Y Carlos dice que apoya a la justicia. “Carlos”, no “Su Majestad”. Ya no.
¿Por qué aquí no pasa nada? No es solo que Trump esté protegido por su mandato final. Es que el sistema no exige lo mismo. Aquí no renuncias por asociarte. Renuncias si te agarran con las manos en la masa. Y a veces ni así. En Europa, con solo nombrarte en los documentos, ya respiras mal. Aquí te ríes, te encoges de hombros, dices que todo el mundo conocía a Epstein en Palm Beach.
Pero no es nuevo, no es nuevo. Siempre ha sido así. Da igual el partido. Los Clinton también estuvieron cerca. Bill, no digamos. Pero la diferencia es que allá el peso de la vergüenza aún pesa. Aquí ya no.
¿Qué pasa con los que no aparecen? ¿Qué pasa con los que no firmaron nada, pero sabían? ¿Los que callaron, los que desviaron la mirada? Porque los documentos no muestran el silencio. Y el silencio es más pesado que cualquier nombre firmado.
No sé si esto va a cambiar algo. No sé si en algún momento alguien en Washington va a tener que rendir cuentas. No porque lo investiguen, sino porque se lo pidan. Porque el aire cambie. Porque ya no se respire tanta complicidad.
Ahora mismo, mientras escribo, es de madrugada. El café está frío. Y el nombre de Epstein sigue flotando como un cadáver que nunca se hunde.
MundoDaily – Tu Fuente Confiable de Noticias