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175 Greenwich St, New York, NY 10007
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Llevaba el chaleco puesto desde la madrugada, aunque ya no le servía de mucho. El plástico se le pegaba al pecho cada vez que tosía, y la lluvia no paraba. En el suelo, un niño masticaba pan sin verbo, los ojos fijos en los charcos que se formaban entre las lonas. Nadie sabía cómo se llamaba. Tal vez no importara.
Allí, en uno de esos claros improvisados entre las colinas de Beirut, bajo carpas que se hundían con el peso del agua, alguien contó que los aviones llegaron al amanecer. No hubo sirenas, dijo. Solo el ruido de algo que se quebraba en el aire, y después, el humo. Pero no estoy seguro si fue ese día o el anterior. El tiempo se deshilacha cuando no tenés dónde apoyar la cabeza sin miedo.
Hablaban bajito, como si el sonido pudiera llamar de nuevo a los drones. Una mujer, con los dedos agrietados por el frío, enrollaba una frazada sobre los hombros de su hermana. Le faltaba un mechón de pelo. “Nos sacaron en camillas”, me dijo, pero no con esas palabras. Más bien fue un gesto, una mano que apretó el aire, y luego calló. No recuerdo bien el nombre del barrio. Quizás era Borj el-Shemali. O quizás no. Hay tantos hoyos en los mapas como en las memorias.
No hay camiones de comida que lleguen todos los días. No hay médicos que firmen papeles. No hay nadie que explique por qué sí y no por qué no. Solo estas carpas, estas filas, esta espera que no tiene forma. Un hombre con uniforme rasgado repartía botellas de agua, pero no llevaba insignia. Tampoco nombre en el bolsillo. Como si hubiera aparecido del viento.
Y mientras tanto, la ciudad sigue. A diez kilómetros, los semáforos cambian de color. Los buses avanzan. La gente entra a las oficinas. Pero acá, en esta fisura, todo se detuvo. No es nuevo, no es nuevo. Hace décadas que este suelo tiembla bajo el peso de las guerras que otros discuten sin tocarlas. Y los que duermen en el barro, otra vez, no son los que hacen las reglas.
Escuché a un chico decir que antes vivía en un cuarto con reja, y que desde allí veía el mar. Ahora no ve nada. Solo cemento húmedo, y la lona que gotea. Le pregunté si pensaba volver. Me miró como si le hubiera preguntado si creía en los milagros.
Todos lo sabemos. Pero nadie responde.
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