Goats and Soda : NPR

Ghana pelea por salvar a sus bebés de la hepatitis B

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Hay una foto, de esas que duelen sin hacer ruido. Un niño, recién nacido, en brazos de una partera, en una clínica de campaña en Lomé. Tiene los ojitos cerrados, la piel aún húmeda, los puños apretados como si ya supiera. Y al fondo, una enfermera prepara una jeringa. No es cualquier vacuna. Es la primera dosis contra la hepatitis B. Esa que, en Estados Unidos, acaban de dejar de recomendar para los recién nacidos.

Sí. Ahí mismo, donde se supone que la ciencia manda, donde el CDC es una biblia, han decidido que no hace falta inocular a los bebés al nacer. Que se puede esperar. Que no es urgente. Mientras, en Ghana, un país de 35 millones, luchan por hacer lo que allá están deshaciendo.

Charles Adjei lo dice con la voz entrecortada, como si llevara años gritando sin que nadie escuchara. Lleva dos décadas tratando pacientes con hepatitis B. Empezó inyectando como si cada pinchazo fuera un voto de confianza. Anotaba cada uno en un cuaderno. No para presumir. Para recordar que, detrás de cada número, había un nombre, una madre, un futuro que no se iba a apagar. Y ahora, con el tiempo encima, con 14.000 muertos en 2022 por complicaciones del virus, la frustración no es solo médica. Es moral.

Porque en Ghana no se trata de vacunar tarde. Se trata de que no se puede vacunar a tiempo. El pentavalente —el que protege contra cinco enfermedades, incluyendo la hepatitis— se da a los treinta días. Pero el virus no espera. La infección cruza la placenta, salta de madre a hijo. A veces, en el parto mismo. Y si el bebé no recibe la dosis en las primeras veinticuatro horas, el riesgo se dispara nueve veces. Nueve veces. Y encima, más de una de cada cinco madres da a luz en casa.

Pero no es solo el retraso. Es el dinero. O la falta de él. El sueldo promedio: 240 dólares. La inmunoglobulina, esa que da protección inmediata, cuesta 50. Y no está garantizada. A veces ni siquiera la prueba gratuita lo es. Muchas madres no saben que son portadoras. No por descuido, por omisión del sistema. Así, el virus avanza en silencio. Como esos 95 de cada 100 bebés infectados que cargarán el virus de por vida. Como un estigma que no se ve, pero que quema desde adentro.

El gobierno prometió, en 2023, que empezaría en septiembre. Llegó septiembre. No pasó nada. Gavi, esa alianza que financia vacunas para países pobres, dijo que ayudaría. Pero a Gavi también le recortan. Y antes, ya se había negado: el suero recién nacido costaba justo lo que los países debían aportar —20 centavos— así que, técnicamente, no podía financiarse. Lógica burocrática sobre vida real. Y el precio sin descuento: 3,50 dólares. Poca cosa, si no fuera por el 35 millones de razones que hay para pagarla.

Y entonces aparece un rapero. Kwame Nsiah-Apau. Okyeame Kwame. Rap Doctor. A sus 49 años, más que letras, lanza advertencias. Ha ido a escuelas, hablado con científicos. No para vender discos, sino conciencia. Porque en su música, en su vida, la hepatitis no es un tema de salud. Es una guerra civil contra la desidia. Y él, uno de sus soldados.

El de Estados Unidos es un retroceso que nadie entendía. Cincuenta años después de tener la vacuna, fuera del esquema. Robert F. Kennedy Jr., el secretario de salud, lleva años diciendo que la vacuna del nacimiento no sirve, que el aluminio —ese que llevan muchas— causa autismo. No hay pruebas. Solo ecos de mentiras antiguas, recicladas. Y mientras, su justificación: que Estados Unidos vacuna demasiao. “Outlier”, dijo. Pero el memo de Salud muestra que 20 países parecidos sí la recomiendan. Todos, menos dos.

En Ghana, el nacimiento es el punto de no retorno. O se vacuna en las primeras horas, o el daño puede ser permanente. El cáncer de hígado, una de las principales causas de muerte por cáncer en el país. Y la esperanza, frágil, pende de una decisión postergada, de una logística imperfecta, de una promesa incumplida.

Dr. Yvonne Nartey, en Cape Coast, ve a los bebés que llegan. Y ya imagina sus vidas. “Al menos sé que no van a morir”, dice. Pero no todos llegan. Y los que no, nadie los cuenta.

Adjei dice que cree que será en 2026. Pero ya no confía en las fechas. Solo en la lucha. En los que, como él, han anotado cada nombre. En los que no se cansan de recordar. En los que, como el rapero, convierten cada verso en un acto de resistencia.

Y uno se pregunta: cuántos niños se salvaron al nacer en un país que no los quería? Y cuántos ahora, en otro, se perderán porque nadie se decidió a tiempo?

Hace unas semanas, un informe salió. No recuerdo bien el título, pero decía que en África subsahariana solo el 17 por ciento de los recién nacidos recibe la dosis al nacer. Ni siquiera en los países que tienen el programa. No hay excusas. Solo realidades.

La pregunta no es si se puede. Es por qué no se hace.

O quizás sí se sabe. En el fondo, todos sabemos quién se beneficia cuando no se hace.

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