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Ahmed al-Sharaa prendió un cigarrillo hace unas semanas, me contaron, en una habitación con las cortinas cerradas, en algún punto del norte de Alepo. No estaba solo. Junto a él, el ministro del Interior y el canciller. Hablaban de cosechas, de trigo, de caminos que ya no están minados. Y de pronto, un mensaje llegó por un canal cifrado: «el grupo dice que vuelve a moverse». Nadie dijo nada. Pero el aire cambió.
Sabemos —por un informe que filtraron en Naciones Unidas— que cinco veces, en los últimos doce meses, alguien intentó matarlos. No fue al azar. No fueron disparos perdidos. Fueron operaciones con nombre: Saraya Ansar al-Sunnah. Parece un nombre religioso, solemne. Pero los expertos en contraterrorismo lo dicen con cuidado, como si masticaran vidrio: es una fachada. Detrás, ISIL. Siempre ISIL. Ese fantasma que perdió ciudades, que ya no ondea banderas negras en Raqqa o Mosul, pero que sigue respirando bajo tierra, como una raíz seca que de pronto brota.
No hay fechas exactas. Yo pregunté, claro. Pero en estos casos, ni el propio UN lo sabe con certeza. O quizás prefieren no decirlo. Lo único claro: los intentos ocurrieron en el norte de Alepo y en Deraa. Dos puntos clave. Uno histórico. El otro simbólico. En Deraa empezó todo en 2011. Ahora, regresa la violencia, pero con otro rostro. Disfrazada.
Dicen que el propósito del grupo no era solo matar. Era sembrar duda. Romper la imagen de control que al-Sharaa ha construido desde diciembre de 2024, desde que derribó a Al-Assad con sus milicias de Hayat Tahrir al-Sham. Ahora es presidente. Juró lealtad a la coalición internacional. Se sentó con embajadores. Hizo declaraciones sobre paz. Y mientras tanto, ISIL —bajo otro nombre— trazaba rutas, colocaba francotiradores, planificaba salidas falsas.
Hace un mes, el gobierno tomó el control de al-Hol y Roj. Más de veinticinco mil personas allí. Niños, sobre todo. Más del sesenta por ciento. Vivendo en tiendas de lona, entre barro y alambre. Madres de combatientes muertos. Hijos nacidos bajo el yugo del califato. Y el mundo mirando hacia otro lado. Hasta que, a fines de enero, Estados Unidos empezó a trasladar detenidos a Irak. ¿Seguridad? ¿Responsabilidad? O solo el miedo a que, con el caos, alguien los libere.
Y Palmyra. No puedo dejar de pensar en Palmyra. El 13 de diciembre del año pasado, una emboscada. Dos militares estadounidenses y un civil muertos. Tres heridos, también estadounidenses. Tres más del ejército sírio. Todo en cuestión de minutos. Trump, desde la Casa Blanca —sí, otra vez él— ordenó bombardeos inmediatos. ¿Qué tanto sabía? ¿Qué tanto no dijo?
Hay un patrón. Lo conocemos bien aquí, en esta parte del mundo. Cuando un grupo pierde territorio, no desaparece. Cambia de forma. Se escurre. Pone nombres nuevos. Usa campamentos como refugio. Recluta entre los desesperados. Y elige sus momentos: no cuando todo arde, sino cuando empieza a calmarse. Ahí, justo ahí, da el golpe.
Al-Sharaa sabe que su vida ya no depende solo de los acuerdos diplomáticos. Depende de quién controle la noche. Y en Siria, la noche aún tiene dueño.
¿Cuántos más están esperando su turno para actuar bajo otro nombre?
¿Cuántos grupos ya existen… pero aún no tienen rostro?
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