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James Talarico se quedó parado frente al micrófono, sin corbata, con las mangas subidas. No sonreía del todo. Apenas un gesto, rápido, como si le doliera aceptar que esto era real. Había ganado. Sí. Pero no celebraba. Dicen que en el salón de Houston solo pidió agua, miró el reloj y preguntó si ya habían confirmado los números de Eagle Pass.
Allá abajo, en la frontera, el voto llegó lento. No por apatía. Por desconfianza. Por esas mesas que se retrasaron en Dallas, donde Jasmine Crockett tiene raíces, donde su voz retumba en las iglesias negras y en los centros comunitarios que aún creen en la protesta como sacramento. Allí, las urnas cerraron dos horas tarde. Nadie explicó bien por qué. Tampoco hubo demandas. O no aún.
Talarico no es nuevo en esto de caminar entre los extremos. Fue profesor antes que político. Hasta enseñó catecismo, o algo así me dijo un tipo en un bar de Austin, cuando la campaña aún olía a promesas baratas. “Habla de amor al prójimo como otros hablan de tasas impositivas”, me dijo. Y en Texas, donde hasta el viento sabe qué bando te respalda, eso puede sonar a debilidad. O a trampa.
Pero ganó. 53%. Suficiente para no discutir. Lo que importa no es el porcentaje, sino dónde lo sacó. En el campo, en las pequeñas ciudades donde los letreros de “Se Habla Español” ya no son curiosidad, sino necesidad. Allí, con familias que no ven a D.C. como un ideal, sino como una amenaza o, peor, como algo lejano que nunca cumple, Talarico les dijo que no había que elegir entre ser latino y ser americano. Que eso era mentira. Que el sistema ya se encargó de ponerles el puñal entre ambas cosas.
Del otro lado, los republicanos se quedaron sin candidato. Cornyn, ese hombre de voz plana y traje gris, sacó casi el 43%. Paxton, el fiscal divorciado por “razones bíblicas”, apenas menos. Ninguno pasó de la mitad. Habrá segunda vuelta. En mayo. Dos meses después de que Talarico ya esté recorriendo pueblos con su mensaje de reconciliación, como si el país no fuera una batalla campal, sino una herida que se puede cerrar con tiempo.
Y lo peor para los republicanos no es eso. Es que Cornyn quemó setenta y un millones solo para no parecer blando. Setenta y un millones para convencer a unos pocos de que sí, que también él odia lo suficiente. Pero Trump no lo abrazó. Ni a él, ni a Paxton, ni al militar negro que entró sin pena en la contienda. Nada. ¿Por qué? No se sabe. Tal vez no le gusta Cornyn. Tal vez quiere ver sangrar al partido. O tal vez ya tiene otro nombre guardado, alguien que no necesita dinero, sino caos.
Lo cierto es que Texas sigue roja. Trump la ganó por catorce puntos hace unas semanas. Quizá este año no sea la excepción. Pero algo cambia. No en los discursos. En el aire. En cómo los jóvenes latinos miran ahora a uno como Talarico, no como un traidor a la lucha, sino como alguien que no se avergüenza de rezar, pero que también habla de salario mínimo y salud pública como derechos.
Y sí, dicen que las encuestas dan al partido de Trump al borde del colapso en la Cámara. Que el costo de la vida quema más que sus eslóganes. Que Irán, Minneapolis, la migración, todo pesa. Pero nadie habla de lo que pasa cuando gana uno como Talarico. Porque no sería solo una victoria. Sería la primera vez que los demócratas ganan un cargo estatal allí. En años. En décadas, quizás.
Hablan de púrpura. De convertir Texas en bisagra. Como si fuera cuestión de colores.
Pero uno piensa: ¿y si no se trata del color, sino de quién deja de hablar y quién, por fin, empieza a escuchar?
Talarico sigue sin sacar pecho.
Me pregunto si sabe lo que viene.
O si solo siente, como cualquiera aquí, que esto no termina.
Que apenas comienza.
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