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Un hombre en Berlín enciende un calentador de batería con manos temblorosas. Es la cuarta noche sin electricidad. Las paredes transpiran frío. Afuera, la nieve cae otra vez, dulce e indiferente, sobre los cables chamuscados de una estación eléctrica que alguien decidió prender fuego.
No hay luces en Steglitz-Zehlendorf. Tampoco en gran parte del suroeste de la ciudad. Diecinueve mil quinientas viviendas han recuperado corriente, dicen los técnicos. Pero eso significa que aún hay veinticinco mil familias navegando al fondo del apagón. Algunos trabajan con laptops en oficinas de emergencia, bajo techos calentados por generadores. Otros duermen en camas frías, con capas de ropa en vez de mantas.
El ataque fue el sábado. Fuego intencional. Un grupo extremista de izquierda lo reclamó: dijeron que era un acto contra la explotación, contra el Estado tecnocrático. Pero nadie pregunta por la señora de setenta y tres años que pasó dos días sin nevera para su insulina. Tampoco se escucha al dueño del pequeño taller mecánico que no puede abrir porque las máquinas no prenden.
Entretanto, en Bonn, el canciller Friedrich Merz escribió una carta. No fue un discurso. No hubo cámaras. Fue un mensaje interno, filtrado luego por los diarios, donde el tono no era de política, sino de alerta roja. Algo así como: la industria alemana está quebrando. No toda, dijo. Pero en sectores clave, sí. La automotriz ya no es la que era. Las pymes cierran a un ritmo no visto en años. Productividad baja, costos altos. Demasiado burocracia, demasiado impuesto, demasiado miedo a decidir.
Merz no gritó. Lo escribió con la calma de quien sabe que un país no se salva con eslóganes. Habló de “condiciones económicas dramáticas”, de que el modelo productivo ya no alcanza en un mundo cambiado. Y aunque no lo dijo directo, todos saben que el mensaje iba para sus socios de gobierno: los socialdemócratas. Ese pacto de coalición que, desde finales del 2025, se ha tambaleado cada vez que tocan el tema de bajar impuestos o acelerar permisos.
Mientras tanto, en Brandeburgo, el gobierno regional se desarma. La alianza de Sahra Wagenknecht, que surgió como un rayo en las elecciones de 2024, ahora pierde fuerza. Su discurso antimigrante y anti-élite ya no prende como antes. Algo falló. O quizás todo.
Lo peor no es que Berlín esté a oscuras. Tampoco que la economía cojee. Lo más pesado es que todo esto suena a sistema que se grieta por varios lados a la vez: delitos políticos contra la infraestructura, gobernabilidad que se evapora, industria paralizada. Y el frío, claro. El frío que no perdona.
¿Habrá sido solo un ataque a unos cables? O fue la señal de que algo más profundo ya no aguanta.
Por ahora, las cabras del zoológico de Berlín parecen estar mejor que muchos ciudadanos. Ellas nacieron para este frío. Los humanos, no.
¿Quién decide en medio del apagón?
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