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Sohail Ahmed enciende su motocicleta con la mirada clavada en el medidor de combustible. Le quedan dos litros. Dice que ya no calcula el trayecto por kilómetros, sino por comidas: cuántas vueltas le alcanzan para llevar arroz, lentejas, un poco de carne barata a su casa. Siete personas esperan, y cada viaje cuesta más que ayer. No habla de política. Habla del precio del combustible. Solo de eso.
El gobierno paquistaní, según se supo anoche, ordenó una especie de hibernación administrativa: ministros sin sueldos, burócratas de cuatro días a la semana, reuniones prohibidas, parlamentarios con recorte del 25 por ciento. Casi una quiebra anunciada disfrazada de sacrificio colectivo. Pero Sohail no ve a esos hombres. Ve el precio del litro: 1,20 dólares para el diésel, un salto del 20 por ciento en una semana. Y ese número, nomás, le vacía el bolsillo.
No es nuevo este juego, no es nuevo. Países que viven de la importación, con monedas frágiles, saben que no dependen tanto de lo que pasa en sus fronteras, sino de lo que arde en otras. El estrecho de Ormuz. Irán. Israel. Una guerra que ni siquiera es suya, pero que aquí quema las rutas, traba el paso del petróleo, sube los precios, trae colapso disfrazado de crisis energética. Paquistán importa más del 80 por ciento del petróleo que consume. Desde julio de 2025 hasta febrero de este año, 10,7 mil millones en compras. En 2024 fueron 15 mil millones. Dinero que nunca se queda.
Y el gas licuado. Ahí también el cuello estrecho: Qatar es el principal proveedor, y todo lo que viene lo hace por el mismo canal que ahora puede explotar en cualquier momento. Desde 2015 el gas importado mantiene casi una cuarta parte de la electricidad del país. Si se para, se para todo.
Un analista, que alguna vez estuvo en el Banco Mundial, dijo algo así como que la raíz no está en los salarios de los políticos, sino en las ruedas de los camiones. El transporte consume cerca del 80 por ciento del petróleo. Mientras eso no cambie, cualquier medida suena a teatro. Y mientras el peso paquistaní se desinfla en el mercado global, cada dólar extra en el petróleo se traduce en inflación, en pan más caro, en silencios más largos en las casas durante la cena.
Ahora es Ramadán. Los preparativos para Eid, el gran festival, deberían ser tiempo de esperanza, de regalos, de viajes a casa. Pero Zubair, un plomero de Islamabad que vive lejos de su familia en Muzaffarabad, ya canceló su ida. No por miedo. Por costo. Dice que la gasolina le devora el ahorro. Que ya no piensa en volver. Que piensa en sobrevivir.
Hace unas semanas, en otra vida, alguien habría dicho que esto es una crisis logística. Pero no. Es una cadena de decisiones que nunca se toman, de dependencias que nadie rompe, de gobiernos que recortan sueldos mientras los camiones siguen en la carretera, gastando como siempre.
¿Y los trenes? ¿Las rutas de carga por ferrocarril? ¿La energía solar para mover algo, aunque sea un poco? Un tipo lo mencionó, no recuerdo bien el nombre, pero algo dijo sobre cambiar la estructura o seguir padeciendo cada sacudida del mundo. Como si todos los países débiles fueran rehenes de un sistema que nunca construyeron.
Aquí no hay ganadores. Hay ajuste. Hay raciones. Hay bodas con un solo plato y no más de doscientos invitados. Como si limitar la fiesta apagara la crisis.
Pero la pregunta sigue ahí, flotando entre el humo de los motores y el silencio de los empleados en casa: si todo depende de lo que pasa en el otro lado del mundo… ¿en realidad alguien aquí manda?
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