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Hace unas semanas, una adolescente australiana me contó —bueno, no a mí, pero sí a un colega que luego me llamó a eso de las diez de la noche— que borró su cuenta de Instagram, pero no porque quisiera. La plataforma se lo exigió. Tenía quince años. Y desde diciembre, en Australia, eso ya no cuenta: si no tienes dieciséis, estás fuera.
Leaver, un tipo de Curtin, dice que no tiene sentido. No recuerdo bien si dijo “trampa” o “engaño”, pero fue algo así como: todos sabemos que los chavos se inventan fechas, que suben fotos de adultos, que juegan al escondite. Y aun así, el Estado puso la ley, y las plataformas, como buenos soldados, eliminaron casi cinco millones de cuentas en dos semanas. Son cifras, sí. Pero cifras que no dicen nada. No sabemos cuántos regresaron al día siguiente con otro nombre, otra foto, otro cumpleaños.
En Europa, lo miran como si fuera una señal. Merz, Sánchez, Macron —todos con el mismo discurso de protección, de infancia rescatada del caos digital. Pero nadie menciona a la niña de trece años que perdió sus contactos, sus grupos, sus memes, sus rituales de conexión. Ni al chico de quince que ahora ve cómo sus amigos siguen dentro, en TikTok, en X, en YouTube, porque la prohibición es selectiva. WhatsApp sigue abierto. Los juegos online, también. Es como prohibirle el cigarro a un fumador, pero dejarle el trago.
Sawyer, de Murdoch, dice que los más afectados son los menores de trece, especialmente las niñas. Pero justo a ellos no los toca la medida. Los que sí la sienten, los adolescentes entre trece y quince, son los más invisibles en esta ecuación. No son niños, no son adultos. Son los que se quedaron atrapados en medio, expulsados sin aviso previo de mundos que ya eran suyos.
Y Dreyer, desde Hamburgo, lo suelta como si fuera un suspiro: no necesitamos esto. El Digital Services Act ya obliga a las plataformas a regular contenido dañino. ¿Por qué añadir una prohibición que técnicamente no se sostiene, éticamente se tambalea y legislativamente choca con la Unión Europea?
Porque da imagen. Porque calma la ansiedad de padres que ya no entienden qué ven sus hijos en la pantalla.
Pero nadie pregunta: ¿qué pasa con los que no tienen voz? Los que no están en las comisiones, en los parlamentos, en los consejos. Los adolescentes que viven en pueblos pequeños, sin actividades, sin centros juveniles, sin nadie. Para ellos, TikTok no es adicción. Es compañía.
Y eso no lo dice la ley.
Tampoco lo dice Australia.
¿Y si esto no es sobre protección… sino sobre control?
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