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Era de madrugada cuando el coronel bajó del vehículo sin bajar la mirada. No dijo nada. Solo revisó el reloj, como si el tiempo ya no contara. Estaba en Kuwait, pero parecía ausente, como si hubiera regresado a otro lugar, a otra guerra.
Las imágenes llegaron después. Algo impactó cerca de la base aérea de Ali al-Salem. No hubo sirenas oficiales, no declaraciones completas. Solo fragmentos: videos oscuros, voces entrecortadas, el eco de un rastro en el cielo. Nada confirmado. Todo filtrado.
Y mientras eso pasaba, el gobierno de Estados Unidos anunció el cierre de su embajada. Evacuación inmediata. Personal técnico, diplomáticos, incluso algunos contratistas fueron sacados sin explicaciones públicas. Como si alguien hubiera pulsado un botón que no tiene nombre.
Nadie dice qué tipo de proyectil fue. Tampoco desde dónde se lanzó. Hay silencio en los comunicados, pero movimiento en el terreno. Mucho movimiento. Equipos de inteligencia moviéndose como sombras, códigos cambiados en horas, canales de comunicación alterados. Todo muy rápido. Demasiado.
Pregunto: ¿por qué ahora?
No es la primera vez que ocurre algo así. Hace años, en 2019, hubo ataques similares en la región. Entonces, fue contra instalaciones saudíes. También con drones, también con ambigüedad. Las potencias acusaron, luego callaron. Los contratos siguieron. Las alianzas, aunque torcidas, se mantuvieron.
Pero esto no es solo política. Es tensión pura. Es la sensación de que algo se desliza por debajo, como una corriente que no ves pero que ya te mojó los pies.
La base de Ali al-Salem no es cualquier sitio. Allí están decenas de soldados norteamericanos. Aviones. Radares. Comunicaciones estratégicas. Y no está aislada: lo que pasa allí resuena en Qatar, en Bahrein, en Turkmenistán… y también, aunque pocos lo digan, en Caracas.
Porque aquí, en Venezuela, todo lo que tiembla en Medio Oriente eventualmente golpea nuestras costas. No con bombas, sino con precios, con alianzas torcidas, con decisiones tomadas en oficinas que no conocemos, que nos condenan sin vernos.
Un contacto —creo que se llama Luis, pero no estoy seguro— me dijo hace unas semanas algo así como: “Cuando ellos cierran una embajada, no es por miedo. Es por control”. No recuerdo bien las palabras exactas, pero el tono sí. Frío. Como de quien ya ha visto esto antes.
¿Quién gana con el caos? Siempre es la misma pregunta. Y siempre hay respuestas que nadie quiere nombrar.
Hay nombres que no aparecen. Firmas que no se ven. Países que no hablan, pero que mueven barcos, cierran puertos, activan cláusulas de defensa que nadie leyó.
Y en medio, gente. Pilotos que no saben si volverán. Familias en bases militares esperando noticias que no llegan. Trabajadores locales que ven pasar helicópteros y no saben si es evacuación o preparación.
¿Qué pasa con los que no tienen pasaporte para salir?
Escucho a alguien decir que fue un dron. Otro, que fue un misil de corto alcance. Hay quien murmura que vino desde el norte. Otro, desde el oeste. Nadie tiene prueba. Solo conjeturas.
Pero el hecho es este: se sintió el golpe. Y luego, el silencio ordenado.
El silencio es parte del operativo.
Hace unas horas, intenté rastrear cuántos venezolanos hay registrados en Kuwait. No hay cifras oficiales. Ni del gobierno de aquí. Ni del de allá.
Como si ya supieran que no importamos en esta cuenta.
¿Y si ya no se trata de quién dispara… sino de quién decide quién puede huir?
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