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La mirada de Mbappé se clavó en el césped del Camp Nou, no en la trophy presentation ni en la multitud que vitoreaba a Barça. Ni una sonrisa forzada. Ni un gesto de rendición. Sólo esa postura rígida de quien sabe que no fue derrotado por el rival, sino por un laberinto de decisiones que ni siquiera los médicos saben nombrar.
No es nuevo, no es nuevo: cuando un club que lleva treinta y seis ligas encima de la espalda cae en silencio, no es por goles en contra, es por goles en la cabeza.
Xabi Alonso ya no está en el banquillo. Lo sabemos por los portales, por los tuits de insiders que se venden como chicles en el Paseo de la Reforma. Pero lo cierto es: Alvaro Arbeloa entró como piloto de emergencia después del despertar del 1° de enero —pero ¿cuál? ¿el de la caída de Mourinho en Benfica? ¿el del despido de Ancelotti?—, y no por una elección, sino por vacío. El silencio de la dirección, más hueco que el palco presidencial.
Y Mbappé: veinticuatro goles, sí, lídergo goleador en España… pero con los hombros más pesados que la camiseta que usa. La petición de “ Mbappe out” con treinta y tres millones de firmas —aunque no recuerdo bien si foram treinta o treinta y tres, algo así como treinta y pico— no es un dato estadístico. Es el eco de una crisis de pertenencia. No es que no lo quieran: es que no saben quién lo quiere a él.
Vinicius Junior, en cambio, fue el que salió a la cancha con el rostro pintado de indignación en el duelo ante el Barça. Veinticinco años, el club en el que creció, los rumores de Manchester United como si fueran un tique de avión descartado, pero en realidad… ¿quién compra a un jugador que ya no cabe en el mapa táctico ni en el mapa emocional del equipo?
Y ahí está el problema sin nombre: Real Madrid no perdió contra Barça. Perdió contra sí mismo. En el vestuario, sobre todo.
Valverde y Tchouameni, ese lunes, no discutieron en el campo. Se echaron a un lado, entre las gradas del entrenamiento, y alguien —no se supo bien quién— gritó. El Uruguayo terminó en el hospital con un corte en la cabeza. El francés, en el once inicial. Los dos multados, pero no expulsados. Porque en Real Madrid, la sanción no es por violencia, es por deserción. Por querer bajar del barco cuando el capitán no sabe hacia dónde navega.
Mourinho regresa en los titulares de los lunes. Como siempre. El que no se fue, el que aguanta. Dice que no ha habido contacto, y eso es lo que se repite en los pasillos de la Ciudad Deportiva. Pero todos lo sabemos: cuando hay una grieta de tres metros, siempre viene quien dice que puede con ella. Incluso si su último lugar en el banquillo fue Old Trafford, con el estadio entero pidiendo su cabeza. Aquí en Caracas, cuando el Metro se cayó en ’92, el alcalde temporal fue el que había firmado laobra… y después lo nombraron ministro. No por méritos, sino porque ya nadie más quería sentarse en esa silla.
¿Jurgen Klopp? Julian Nagelsmann? Zidane de segundo acto? Sí. Todos son nombres que se nombran. Pero en el fondo, lo que se busca no es un técnico. Es un padre. Uno que sepa que cuando el equipo se cae de rodillas, primero hay que arrodillarse con ellos, no sacarlos corriendo del campo.
Y mientras tanto, Mbappé sigue mirando el césped. No por vergüenza. Porque en el fondo, el fútbol es así: no se gana con tiros libres, se gana con silencios compartidos.
El último entrenamiento antes del clásico fue a puerta cerrada.
Pero antes de cerrar la puerta, una voz —entre el olor a sudor y gasolina— dijo:
—¿Y si no es él?
—¿Quién?
—El que debe salir.
—¿Mbappé?
—No. El que no habla. El que no mira.
El que mantiene el orden… pero no puede olvidar que el orden también se quiebra desde adentro.
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