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Ella estudiaba derecho en Kabul. Soñaba con defender a las mujeres en tribunales que nunca las escuchan. Hace dos años consiguió una beca para una universidad en Manchester. No llegó. Ahora no puede ni siquiera intentarlo.
El Reino Unido ha puesto candado a las visas de estudio para quienes vienen de Afganistán, Camerún, Sudán y Myanmar. Tampoco habrá más visas de trabajo calificado para afganos. No fue anunciado como una prohibición, sino como un “freno de emergencia”. Como si alguien pudiera confundir una cosa con la otra.
Dicen que desde 2021, cerca de 135.000 personas entraron legalmente con visa y después pidieron asilo. Dicen que las solicitudes de estudiantes de esos cuatro países se dispararon más de 470% en cuatro años. Dicen que es necesario. Que hay que evitar que abusen de la generosidad.
Pero la generosidad, claro, nunca fue infinita. Solo parecía serlo mientras no molestaba. Mientras no se notara. Mientras no llenara las páginas de los tabloides con cifras que asustan.
Yo pienso en los que no dicen nada. En los que no tienen a nadie que hable por ellos. En los que ya están allá adentro, con papeles que vencen cada dos años y medio, como en Dinamarca, donde todo empezó hace una década. Ahora los adultos y sus hijos deberán justificar cada 30 meses por qué no pueden regresar a un país que el gobierno británico diga que es “seguro”.
¿Seguro?
Pregúntale a una estudiante de Derecho en Kabul. A un médico en Jartum. A un activista en Yangón. A un profesor en Yaundé.
El sistema anterior daba cinco años de estatus. Luego, posibilidad de quedarse. Ciudadanía al final. Ahora no. Ahora es prestado. Temporal. Renovable bajo sospecha.
Los niños no acompañados siguen teniendo los cinco años. Aún no saben qué hacer con ellos. O sí lo saben, pero no quieren decirlo.
Dicen que esto responde al auge de Reforma UK, el partido de extrema derecha que ha crecido a la sombra del miedo. Que la migración es ahora el eje. Que ganar votos depende de quién pare mejor las puertas.
Pero no se trata de puertas. Se trata de quién entra con permiso… y quién queda afuera con razón.
Y qué pasa con los que ya están? Sigue el viejo sistema. Por ahora.
Todo lo demás cambia, pero sin anuncios claros, sin ruedas de prensa que expliquen el antes y el después. Solo silencios. Burocracia que avanza a zancadas en la penumbra.
Hace unas semanas, un conocido —creo que se llama Daniel, o tal vez David— me dijo que esto no era nuevo, no era nuevo. Que las políticas migratorias siempre se endurecen primero contra los más invisibles. Que se empieza por los que no tienen voz, porque no duele tanto cerrarles la puerta.
Y luego, poco a poco, el cerco se acerca.
No recuerdo bien, pero creo que agregó algo así como: “el miedo no construye muros de piedra. Los construye con papeles que se niegan”.
No sé si lo dijo él. Puede que lo haya soñado.
Pero es verdad.
¿Hasta dónde?
Qué viene después?
Quién será el próximo “exceso”?
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