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El 1 de diciembre, Nicolas Sarkozy se convirtió en un fenómeno literario. Su nuevo libro, Diario de un preso, está en el top de las ventas. El ex presidente francés, condenado y encarcelado por corrupción, no es nuevo, no es nuevo en los escándalos. Pero su experiencia tras las rejas ha despertado la curiosidad de toda Francia.
Y no es para menos. El libro de 212 páginas desglosa sus tres semanas en la prisión de La Santé, en París, donde compartió celda con criminales de todo tipo. Aunque podía parecer un “hotel barato, excepto por la puerta blindada y las rejas”, la vida allí no era precisamente cómoda. Sarkozy, el ex jefe del Estado, se alimentaba de yogures y barritas de cereales para evitar que otros presos envenenaran su comida. Tenía que agacharse para afeitarse en una celda de 12 metros cuadrados y lidiaba con una ducha de agua escasa y un colchón más duro que el del servicio militar.
Bueno… el expresidente no estaba del todo solo. Recibió 22,000 cartas de apoyo, incluidas las de figuras como el escritor Michel Houellebecq. Pero no tenía móvil ni tableta, y sus llamadas telefónicas estaban altamente restringidas. Los únicos periódicos que leían en su celda eran Le Figaro, de tendencia conservadora, y L’Équipe, su revista deportiva favorita. La única alegría: tener CANAL+ para ver los partidos del PSG, su equipo de fútbol.
Pero el libro no es solo una crónica detallada de sus días en prisión. Es también un ajuste de cuentas con el sistema que le condenó y un panfleto político. Sarkozy, quien se compara a Alfred Dreyfus, arremete contra las pruebas falsas que le llevaron al juicio. Sin embargo, su crítica más contundente es hacia la ultraderecha y su líder, Marine Le Pen, a quien llama por teléfono desde la prisión.
“El Reagrupamiento Nacional (RN) no es un peligro para la República”, escribe Sarkozy. Aunque no comparte las ideas económicas de Le Pen, reconoce que representa a muchas voces en Francia. En una conversación telefónica, le promete no convocar un frente republicano en caso de elecciones legislativas anticipadas. “El camino de reconstrucción será largo, pero solo puede pasar por un espíritu de reagrupamiento lo más amplio posible”, afirma.
La verdad es que la decisión de Sarkozy de acercarse al RN no es nueva. Este verano ya había recibido a Jordan Bardella, presidente del RN, avalando la supuesta normalización del partido de extrema derecha. El ex jefe del Estado argumenta que la reconstrucción de su debilitado Partido Republicano solo puede lograrse a través de la unidad más amplia posible.
El cortejo de la ultraderecha a Sarkozy se hace evidente en el libro. Sébastien Chenu, uno de los colaboradores más cercanos de Le Pen, escribió cartas periódicas al ex presidente. “No olvidaré la sorpresa que me causó y el bienestar que me procuraron”, se emociona Sarkozy, confirmando una proximidad personal hacia el entorno de Le Pen.
Pero no todos están contentos con este acercamiento. En el mundo político, muchos ven en estas declaraciones una señal preocupante. El futuro de las alianzas electorales entre Los Republicanos y el RN sigue siendo incierto y lleno de tensiones.
Sarkozy también menciona su antigua amistad con el presidente Emmanuel Macron. Los dos hombres se reunieron en el palacio presidencial del Elíseo poco antes de que Sarkozy ingresara en prisión. Macron planteó preocupaciones de seguridad y ofreció trasladarlo a otra instalación, lo cual rechazó. En su lugar, se asignaron dos policías a la celda vecina para protegerlo las 24 horas.
La confianza entre Sarkozy y Macron se rompió después de que el mandatario no interviniera para evitar que le retiraran la Legión de Honor, la distinción más alta de Francia, en junio. Sarkozy critica además la decisión política de disolver la Asamblea Nacional en junio de 2024, calificándola de “capricho” que hacía daño tanto a Francia como a su autor.
Durante su encarcelamiento, Sarkozy se acercó de forma convencida a la religión católica. Al salir, cumplió su promesa de visitar el santuario mariano de Lourdes, en los Pirineos, con su esposa, Carla Bruni. La experiencia espiritual con el capellán del establecimiento penitenciario, quien le concedió la comunión en su primer domingo de detención, le dejó una profunda impresión.
“En realidad, no soy un hombre violento ni un agresor. He pagado mis impuestos de forma escrupulosa. Fui durante 20 años el alcalde de una gran ciudad, Neuilly-sur-Seine, sin que nunca hubiera habido el más mínimo incidente. ¿Qué podría pasarme? Las páginas siguientes demostrarán mi error”, reflexiona Sarkozy.
Pero el reguero de condenas judiciales y procesos por corrupción que pesan sobre él hacen difícil pensar en un complot. El 26 de noviembre, el Tribunal Supremo confirmó una pena a seis meses de cárcel por la financiación irregular de su campaña de 2012. En diciembre pasado, la misma instancia elevó a firme otra sentencia por corrupción y tráfico de influencias, lo que le obligó a llevar un brazalete electrónico para controlar su arresto domiciliario entre febrero y mayo.
Y si las reformas que quiso implantar durante su mandato se hubieran aprobado, hoy ni siquiera estaría en la calle.
¿Qué pasará ahora?
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