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Era la cuarta del tiempo extra cuando Pape Gueye se desprendió del lastre, como quien huye de un cargo que no le pertenece. No celebró. Solo corrió, brazos pegados al cuerpo, mirada fija en ningún lado. Como si ya supiera que la alegría no sería suya, sino de otros, de miles que no estuvieron allí pero que exigirían su parte al día siguiente.
El estadio olía a césped mojado y derrota. Sesenta y seis mil quinientos veintiséis personas, dicen. Pero en algún momento, mucho antes del pitido final, el ruido se fue quebrando. Hubo silbidos, sí. Gritos. Paseítos nerviosos entre los defensores senegaleses cuando el árbitro se encerró con el VAR por segunda vez. Pero después, solo ausencia. Los marroquís empezaron a irse como quien abandona una casa en llamas: sin volver la vista, con lo puesto.
Fue ahí, en ese vacío, cuando Mendy se paró sobre sus pies como un tipo que ya ha vivido esto. No es nuevo, no es nuevo. Un panenka mal ejecutado, un tiro de fútbol que presume de tranquilidad y termina diciendo pánico. Brahim Díaz, el del Madrid, ese de los goles escasos y las fotos de portada, lo lanzó como quien duda en la fila del banco. Y Mendy, con esa serenidad de los que saben que pierden o ganan solos, lo dejó pasar. Lo vio venir.
Pero la historia no está en el penal. Está en el gol anulado. Sarr, el de Senegal, el que corre como si lo persiguiera su propio nombre, marcó uno en el primer minuto del descuento. O al menos eso creímos todos. El árbitro, Jean-Jacques Ndala, congoleño, metió mano al bolsillo y dijo que no. Falta. Fue una mano sutil, casi estética, como esas decisiones que no cambian el partido, pero lo cambian todo. Senegal se quedó tiesa. Sus hinchas gritaron, pero sin fuerza, como cuando uno ya sabe que nadie va a escuchar.
Luego vino el otro penal. El de Marruecos. El que no falló, sino que falló. Otro VAR. Otra revisión eterna. Otra espera que alarga el castigo. Y al final, nada. Solo un portero que se burla sin reír.
Dicen que es el segundo título africano de Senegal en tres ediciones. El primero fue en Yaundé, en el 22, contra Egipto, en penales también. Pero aquel tenía sabor de redención. Este tiene regusto a deuda cobrada. A cuentas saldadas con el destino, que nunca fue justo con ellos.
Y Mane, el de Liverpool, el rostro que carga el peso de un continente entero, anunció que no volvería. Que esta era su última. No dijo por qué. No hizo gestos teatrales. Pero todos lo sabemos: a cierta altura, el cuerpo dice basta. Y el fútbol, ese negocio de glorias fugaces, se convierte en un territorio extranjero.
Marruecos se quedó con la copa en las manos antes del partido. La tocaron, la miraron, la fotografiaron. Pero al final, como tantas veces en esta región del mundo, lo simbólico no alcanza. Se fueron con la humedad en los hombros, con el frío clavado en los huesos, con la pregunta que nunca se responde: ¿por qué otra vez no?
Y ahora, mientras Senegal levanta trofeos en una noche que no eligió, alguien en algún bar de Dakar tocará el saxo como si no hubiera mañana. Y otro, en Rabat, apagará la tele sin decir palabra.
¿Cuántos finales se pierden antes de empezar?
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