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Mandera. Solo ese nombre, y ya se te seca la garganta.
Allí, un pastor nómada —no recuerdo bien su nombre, creo que Omar, o tal vez Hamza— se quedó de pie frente a lo que antes era su rebaño. Ahora son huesos bajo una lona rota. Vacas, cabras, camellos. Los que no murieron de sed, los mataron para no verlos sufrir. Me lo contó un técnico de la ONU que estuvo allí hace unas semanas, con voz baja, como si contar eso lo convirtiera en cómplice.
La tierra está dura como lata vieja. No llueve desde hace cuatro ciclos. Cuatro veces que esperaron el agua y el cielo solo devolvió calor. Dicen que en Kenya hay diez regiones en seca, pero en Mandera, ya no es seca. Es otro planeta. Alarma total. Así lo dijeron. Agua, nula. Niños delgados como alambres. Madres que amamantan con pechos vacíos.
Y no es solo allí. Al otro lado de la frontera, en Somalia, hay campos de desplazados que crecen como plagas. Más de tres millones huyendo del mismo enemigo: el suelo que no da nada. En Baidoa, la gente come una vez al día. Una sola. Y los niños… bueno, no tienen músculos. La piel les cuelga como ropa prestada.
La OMS habló en enero. Tanzania, Uganda, todo el cuerno sufre igual. Todos conectados por la misma sed.
¿Por qué ahora? No, mejor pregunta: ¿por qué siempre ellos?
Porque este no es un desastre natural. Lo dicen hasta los que no quieren decirlo. El océano Índico se calienta. Tropicales peores, lluvias más cortas, pastos quemados. Y África, que no emite nada —tres, cuatro por ciento del total mundial—, carga el peso como si fuera la caldera del mundo.
La agricultura ahí es tierra y lluvia. Nada más. Cuando eso falla, todo se cae. Los campesinos dicen que el calor mata las praderas, que ya no hay sombra ni alimento. Y sin pasto, el ganado muere. Y sin ganado… ¿qué queda?
No es nuevo, no es nuevo. Hace unos años —2020, 2021— pasó igual. Millones de animales muertos en Kenya, Etiopía, Somalia. Fue tanta la muerte que casi entra hambruna. Solo la ayuda internacional la frenó a último minuto.
Ahora otra vez. Igual. Solo que con más calor, más seca, más gente desplazada.
Y mientras tanto, los mapas del clima marcan récords: el período de octubre a diciembre fue el más seco en Kenya desde 1981. Eso lo dicen. Cuatro estaciones húmedas fallidas seguidas. Como si la naturaleza se hubiera olvidado de regar.
Pero nadie se olvida. El sistema sí sabe.
Solo que nunca paga.
¿Y los que no aparecen? Esos que firman acuerdos en ciudades lejanas, con trajes finos, hablando de metas climáticas… ¿dónde están cuando el niño de Baidoa no llega a cumplir tres años porque no hay proteínas en su dieta?
Nadie responde.
Hace frío aquí, a las dos de la mañana. El café hace rato que no calienta. Pero allá no. Allá el calor no perdona. Y el silencio, menos.
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