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Hace unas semanas, un hombre caminaba por un muelle en Berbera. Iba con las manos vacías, pero con la mirada cargada. No dijo nada. Solo observaba los contenedores, los barcos nuevos, los guardias con uniformes que no eran del Ejército somalí. Alguien me dijo, más o menos, que ese tipo trabajaba para el Ministerio de Asuntos Exteriores. Que venía de Mogadiscio. Que había estado en Doha, en Nairobi, incluso en Abu Dabi, pero que allí, en ese puerto, por primera vez, se le quebró la voz.
Dijo algo así como que ya no reconocían su propio país. No por la guerra, no por los clanes, no por Al-Shabab. Sino por los acuerdos firmados en habitaciones con aire acondicionado, lejos de cualquier mapa oficial.
Hace tiempo que Somalia dejó de ser solo suya.
Hay regiones que se mueven con otro pulso: Somaliland, Puntland, Jubaland. No están separadas por ley, pero sí por hechos. Por puertos bajo concesión. Por bases militares que no responden a Mogadiscio. Por dinero que llega sin nombre, pero con condiciones.
Un ministro —creo que era de Estado, no recuerdo bien— le dijo a un periodista, no hace mucho, que había elementos externos detrás de todo esto. No nombró a nadie. Pero la frase quedó colgando, como un hueso seco bajo el sol.
La verdad es que todos lo sabemos.
Emiratos. No es nuevo, no es nuevo. Hace años que mueven ficha en el Cuerno de África. Puertos. Aeropuertos. Centros de detención. Y, sobre todo, influencia. No con banderas, sino con cheques. No con soldados, sino con asesores. Con promesas. Con silencios cómplices.
Mientras tanto, en Venezuela, un pescador de Choroni mira el mar y dice que ya no sabe adónde va la corriente. En Somalia, un niño juega con una botella que vino del Mar Rojo.
¿Quién se queda con el territorio cuando el Estado ya no puede pisarlo?
No es cuestión de separatismo. Es de soberanía perforada.
Hace décadas, las potencias se repartían África con lápices rojos sobre mapas. Hoy, lo hacen con contratos blindados, con fondos soberanos, con acuerdos de seguridad que nadie discute en las calles.
Y el café, aquí, ya no se puede beber. Está frío. Como la voz de ese hombre en el muelle.
¿Hasta cuándo aguanta un país cuando ya no controla sus costas, sus fronteras, ni siquiera el nombre de sus regiones?
No lo dijo nadie. Pero el silencio, esta vez, fue la respuesta.
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