Taiwan rocked by magnitude 7.0 quake but no major damage reported | Earthquakes News

Terremoto de 7.0 grados sacude Taiwán: alerta por réplicas tras impacto profundo

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Eran las siete y trece de la mañana en Yilan cuando Li Wei dejó caer el cepillo sobre el fregadero. No lo recuerda bien, pero dice que el vaso se movió solo. Después vino el rumor, como si algo subterráneo arrastrara los pies entre las rocas. Primero tembló el agua. Luego, las paredes. Luego, nada.

El aparato marcó 7.0. O 6.6. Alguien de Estados Unidos dijo una cosa, alguien de allí otra. No importa. Lo que importa es que no hubo colapso. Que no hubo gritos en cadena. Que el fuego no se salió del control. Que esta vez —esta vez— pasó y ya.

Pero hay algo que pesa más que el número: el hecho. Que el suelo, otra vez, se movió. Que las placas no duermen. Que a cuarenta y cinco kilómetros bajo el mar, algo se rompió sin hacer ruido. Y los techos en Taipei apenas lo notaron. Algunos tubos explotaron. Hubo goteras en la calle. Tres mil casas en Yilan se quedaron a oscuras. Nada que no se pueda arreglar. Nada que no haya pasado antes.

TSMC evacuó. No por miedo, sino por protocolo. Un par de sedes en el parque científico hicieron sonar las alarmas, la gente salió en orden, en fila, como si fuera simulacro. Y minutos después, ya estaban de vuelta. Todo bajo control. Todo en su lugar.

El presidente habló por redes. Dijo que las cosas estaban bajo control. Que la gente debía estar alerta. Que podían venir réplicas. Lo dijo sin urgencia, como quien repite una oración que ya conoce.

Porque lo conoce. Porque este no es nuevo, no es nuevo. Eso no se aprende de un día para otro. En abril del año pasado, un 7.4 dejó muertos en Hualien. Derrumbó montes. Despertó al país con sangre en la frente. Y antes, en 2016, más de cien muertos. Y antes, aún peor: 1999. Más de dos mil. Un número que no se olvida.

No es justo decir que no pasó nada. Pasó. Y quedó. Solo que no se ve.

Aquí, en esta isla, el temblor no es noticia. El temblor es memoria. Está en los cimientos, en los planos, en la manera en que los niños bajan las escaleras sin que se los digan. Está en los transformadores que parpadean, en las tuberías que gimen, en la incertidumbre que no se nombra pero que vive.

¿Por qué esta vez no cayó nada? Profundidad, dicen. Lugar. Submarino. Lejos del núcleo habitado. Menos fuerza en superficie. Pero también: ¿cuánta plata se gastó en sensores? ¿Cuántos códigos de edificación fueron reescritos tras el 2016? ¿Quién ganó con las reconstrucciones? No hay nombres. Solo hay silencios.

Y la verdad es que no se sabe cuánto dura un alivio. Ni si la próxima será igual. Ni si la infraestructura es fuerte o solo parece serlo. Todos lo sabemos: los sismos no matan. Mata lo construido. Y lo construido tiene dueños.

Hace unas semanas, alguien mencionó que el fondo marino frente a Yilan llevaba meses acumulando tensión. O fue en un informe, o en un pasillo. No lo recuerdo bien.

Lo que sí sé es que, a esta hora, el café en mi taza ya está frío. Y que afuera, justo ahora, algo retumba. O no. O solo fue el carro del pan.

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