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Se lo imaginó frente al mar, otra vez. Trump parado en Mar-a-Lago, el viento moviendo lo que queda de pelo, diciendo que va a construir una nave que no existe, con armas que tampoco existen, y llamándole battleship como si el tiempo no hubiera pasado.
Y el tiempo sí pasó. Hace décadas que los acorazados dejaron de ser relevantes. Los Iowa, de sesenta mil toneladas, blindajes que parecían murallas de ciudad, cañones que lanzaban proyectiles de más de una tonelada a veinticinco kilómetros… esos sí eran acorazados. Hoy son museos flotantes, atracados en puertos turísticos, con familias caminando por sus cubiertas como si fueran cruceros familiares.
Pero ahora quiere uno nuevo. El más rápido, el más grande, cien veces más poderoso, dijo. Le van a poner USS Defiant. Habla de rieles electromagnéticos, láseres, misiles hipersónicos, misiles de crucero nucleares. Tecnologías que, en el mejor de los casos, están en fase experimental. O que ya se abandonaron. Como el cañón de riel: más de quince años y cientos de millones de dólares después, la Armada lo enterró en 2021. No funcionó. No en condiciones reales, al menos.
Y sin embargo, aquí está: un barco que pesará la mitad de un Iowa —trenta y cinco mil toneladas—, con tripulación reducida, sin cañones gigantes, pero con misiles. O sea: no es un acorazado. Es, en el fondo, un crucero de combate moderno. Pero no le digas eso. Él prefiere el nombre battleship porque suena a poder, a gloria, a imperio. Así como prefiere el mármol, el dorado, los edificios con su nombre en letras gigantes.
Hace un mes cancelaron el Constellation, un buque más pequeño que ya iba tarde y demasiado caro. Ahora, sin embargo, anuncia uno nuevo, que empezaría a construirse en los años treinta. Diseño en marcha, dicen. Un funcionario anónimo, claro. Porque nada de esto está en los presupuestos, no hay planos, no hay contratistas definidos. Solo una promesa. Y un sitio web recién creado, el de la Golden Fleet, que suena más a campaña política que a estrategia naval.
Le dijo al secretario de Marina, John Phelan, que él mismo participará en el diseño. «Porque soy una persona muy estética». Lo dijo en serio. Como dijo, durante su primer mandato, que los portaaviones debían volver a usar catapultas de vapor, no electromagnéticas. Como dijo que los destructores tenían mala pinta, que estaban oxidados. Y a Phelan le escribía a las dos de la mañana: «¿Qué haces con esos barcos oxidaditos?». Lo contó en una audiencia. A las dos. O después. O antes. Creo que dijo «después de la una», pero ya qué más da la hora cuando esas llamadas se convierten en política.
¿Quién se beneficia ahora? Las navieras, claro. General Dynamics, Huntington Ingalls, las grandes contratistas. Ellas respiran cuando el Pentágono anuncia nuevos barcos, aunque sean en papel. Y el dinero, al final, siempre fluye. Mientras, los submarinos Columbia van con retraso. Los portaaviones Ford también. Nada se entrega a tiempo, pero se sigue pagando.
Y aquí está otra vez: no es nuevo, no es nuevo. Es la misma película, con otra tecnología de fondo. Trump vuelve a imponer su visión estética sobre la estrategia, sobre el sentido común. Pero no es solo estética. Es una forma de dominio. No importa si el barco puede construirse. Lo importante es decirlo. Es que todos lo repitan. Es que el mundo lo escuche y, por un segundo, duden.
¿Qué pasa si los misiles nucleares de crucero se instalan en barcos? Podría violar tratados con Rusia. Pero eso no lo mencionó. Tampoco dijo cómo evitarán que el láser, que hoy solo funciona para cegar drones en ocho destructores, pueda en serio proteger un barco de un ataque coordinado.
Todo suena a mito. A relato. A poder simbólico, no militar.
Ojalá tuviera otra explicación. Algo más profundo. Pero es solo eso: un hombre queriendo dejar una huella, aunque sea sobre agua.
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