U.S. withdrawal from WHO is set for Jan. 22. Will it happen? : NPR

Trump rompe con la OMS: crisis y deuda de 278 millones sin pagar

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Tedros habló la semana pasada y lo dijo mirando a cámara, firme, sin levantar la voz: “Es una mal decisión. Lo digo claro”. No usó esos tecnicismos diplomáticos que tanto aprendió en los corredores de Ginebra. Esta vez fue distinto. Como cuando un médico ya no oculta el diagnóstico.

Y no hablaba solo del dinero. Claro que no. Hablaba del resto. De lo que no se negocia en salas de reuniones con moqueta gruesa y cafeteras automáticas. Hablaba de la grieta que se abre cada vez que un país como Estados Unidos dice: “Nos vamos. Y no pagamos”. No es solo un retiro. Es un desprecio institucional.

Hace un año, Trump firmó esa orden ejecutiva de madrugada, entre inauguraciones y ruido mediático. Nada nuevo. Lo había hecho antes, en plena pandemia, y Biden lo deshizo al día siguiente. Pero ahora parece que esta vez sí. El plazo vence en enero. Han pasado los 365 días de aviso. El trámite formal está cubierto.

Pero hay otro asunto. Una deuda. $278 millones. Por el período 2024-2025. El Estado norteamericano afirma que no pagará. “El costo para el contribuyente —dicen— ya ha sido demasiado alto”. No especifican qué costo. Ni cómo. Solo lo dicen como quien pisa un acelerador sin freno, con los ojos fijos en el retrovisor.

Ellos saben —y todos lo sabemos— que la constitución de la OMS no contempla la salida. No hay cláusula de divorcio. Nunca la hubo. Fue así a propósito. En 1948, los fundadores entendieron que las epidemias no respetan fronteras. Que si un virus nace en Wuhan, o en Caracas, o en Kinshasa, el riesgo es universal. Por eso construyeron una institución para que nadie pudiera irse. Todos menos uno.

Los Estados Unidos hicieron un arreglo aparte. Único. Reservaron el derecho a retirarse. Un privilegio histórico. Y ahora lo ejercen. Pero sin pagar. Y eso, dice Lawrence Gostin, experto en derecho sanitario global, es ilegal. “No puedes irte sin saldar lo tuyo”, me dijo una vez en un simposio en Bogotá, entre sorbos de café malo. “No es cuestión de moral. Es del derecho”. No recuerdo bien si dijo “ilegal” o “inaceptable”. Pero el tono fue claro.

Lo más preocupante no es eso. Es lo que viene después. Hasta ahora, Estados Unidos ha seguido participando en cosas clave. En febrero, por ejemplo, en la reunión de cepas de influenza. Ahí donde los científicos de todo el mundo comparten datos para armar la vacuna de cada año. Tradicionalmente, Estados Unidos aporta una parte enorme. El CDC, sus laboratorios, su red de vigilancia. Sin eso, el sistema cojea.

Pero ¿y si eso se acaba?

Gostin lo plantea duro: “Podrían cerrar la puerta. Y no dejarnos ni recoger nuestras cosas”. No es solo una metáfora. Serían muestras virales. Datos de brotes. Alertas tempranas. La red de inteligencia epidemiológica que hoy se gesta dentro de la OMS podría, mañana, excluir al país más poderoso del planeta.

Y no, no es solo simbólico.

Imagínate un nuevo brote en el Sudeste asiático. La OMS lo detecta. Lanza alertas. Comparte genomas. Estados Unidos no está dentro del círculo. Tarda semanas en tener la información. Las fronteras no paran virus. Y cuando el virus llega, ya no es un brote. Es una cadena de transmisión activa.

Schaefer, del American Enterprise Institute, dice que no hay drama. Que EE.UU. sigue en otras agencias: UNICEF, ONUSIDA. Que puede mantener vínculos informales. Que la plataforma Epidemic Intelligence from Open Sources no debería cerrársele a nadie. “Sería mezquino”, dijo. Y tal vez tenga razón. Pero en la diplomacia global, lo mezquino suele ser lo más eficaz.

En Ginebra nadie ha dicho aún si dejarán entrar al ex socio. Decidirán entre 193 países. En febrero, en la Junta Ejecutiva. Luego, en mayo, en la Asamblea Mundial. Mientras tanto, Tedros insiste: “No es por el dinero. Es por la cooperación”. Pero suena a ruego. Y nada huele peor en la política internacional que un ruego no correspondido.

Aquí, en nuestros países, todo esto suena lejano. Pero no lo es. Si Estados Unidos se aísla, el mundo entero se vuelve más frágil. Y los primeros en pagar, otra vez, no serán los que firman las órdenes ejecutivas.

Serán los de siempre. Los que no tienen acceso a vacunas, a tratamientos, a sistemas de salud con fondos estables.

Serán los niños en zonas de conflicto, expuestos al sarampión.

Los trabajadores migrantes, apiñados en zonas fronterizas, sin vigilancia epidemiológica.

Las comunidades indígenas, a años luz de un hospital decente.

Y nosotros, aquí, en la región, viendo cómo el sistema que supuestamente nos protege se agrieta por decisiones tomadas en la otra orilla del mundo. Decisiones que nadie nos consultó.

Porque al final, en realidad, no es sobre quién se va.

Es sobre quién queda expuesto.

Y quién se queda callado.

¿Qué pasa cuando el más fuerte decide que ya no le interesa jugar en equipo?

No lo digo yo. Lo pregunta el silencio.

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