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Adama Sanogo, el niño de Malí que llegó a Connecticut con pies descalzos y sueños demasiado grandes para cualquier cancha, levantó la copa con las manos tembloronas, los ojos rojos, la voz quebrada. No dijo mucho. Solo un gracias, dos veces, como si con eso bastara. Pero en ese gracias iba toda una vida: los caminos polvorientos de un continente olvidado, las horas de entrenamiento bajo lluvia, los ojos que dudaron de él desde el primer día.
Fue Newton quien marcó más puntos, sí. Diecinueve. Diez rebotes. Un doble-doble limpio, frío, eficaz. Pero el alma fue otra. Sanogo, el tipo al que todos subestimaron, el que no entraba en las revistas de pronósticos, el que no tenía contrato millonario esperándolo —aunque lo merezca, honestamente—, ese fue el que movió el aire.
Y UConn, bueno… no era el equipo favorito. Nadie los puso en los rankings al empezar la temporada. Todos lo sabemos. Les fue mal al principio, seis derrotas en ocho partidos, una racha que habría hundido a otros. Pero algo pasó ahí, en la oscuridad. No fue un milagro. Fue trabajo. Ese chip en el hombro, como dijo Hurley, no era solo frase: era peso real, carga diaria, combustible.
Recuerdo una frase, no sé si fue textual, algo como: “Sabíamos que éramos los mejores en el torneo. Solo teníamos que jugar a nuestro nivel”. No suena tan fuerte dicho así, pero te juro que cuando lo dijo, con la mirada fija en cámara, sin sonrisa, sin emoción evidente, ahí sí se sintió. Como cuando alguien te anuncia algo que ya pasó en su cabeza hace rato.
San Diego State se derrumbó. No por mala suerte. Por presión. Once minutos sin anotar, solo cinco tiros libres, doce lanzamientos fallados seguidos. Eso no es racha, es agotamiento. Mental. Físico. Ellos lo dijeron: no estuvieron al cien. Y no fue solo culpa suya. UConn apretó como pocos lo hacen.
El último cuarto fue una cortina. Nueve puntos seguidos, sin permitir respuesta. Como si dijeran: aquí se acaba. Hawkins, con sus dieciséis puntos, con esa calma que solo tienen los que juegan sin miedo, como si ya supieran que todo iba a salir bien. Dijo algo sobre su prima, Angel, que ganó el título femenino un día antes. “La reunión familiar va a estar buena”, dijo. Y sonrió. En medio del caos, una sonrisa.
Pero ahora pienso… ¿qué queda después? UConn es ahora uno de los seis programas con cinco títulos. Compañía pesada: UCLA, Kentucky, Carolina del Norte. Todos gigantes. Y sin embargo, todo comenzó apenas en 1999. Nada tan antiguo. Cinco coronas, todas en veinticuatro años. No es suerte. No es suerte.
La foto que circula… Sanogo lanzando, Nathan Mensah tratando de bloquear. El salto, el brazo extendido, el balón a punto de soltarse. Hay luz en los ojos del que ataca. Oscuridad en los del que defiende.
Y dices, ¿cuántos de esos chicos van a volver a tocar el balón bajo los reflectores? ¿Cuántos van a recordar esto en veinte años, sentados en un apartamento en algún lugar de Europa, con una rodilla que les duele al caminar?
No se sabe.
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