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Toda la noche, mientras caía otro dron sobre Dnipro, mientras en Moscú brindaban por la «desintegración del régimen nazi», un viejo profesor de historia en Kiev, sin calefacción, con los cristales empañados por el frío, corregía tareas de estudiantes que ya no estaban. Algunos muertos. Otros en el frente. Otros desaparecidos en los pueblos ocupados, donde ni el GPS da señal.
Y así, todos los días. Un país entero escribiendo sobre la normalidad como si fuera un acto de guerra.
Margarita Simonián, desde su torre en RT, lo dijo con una palabra: envidia. Envidia de Estados Unidos, de que lograra en horas lo que Rusia no consigue en años. Pero ella no habla de operaciones militares. Habla del deseo. Del deseo de aniquilar lo que no se doblega. Porque eso es lo que no entienden allá: que un pueblo puede resistir no solo con armas, sino con el mero hecho de seguir existiendo.
En Moscú piensan que Ucrania es un reflejo. No un cuerpo propio. Que los ucranios son rusos que se perdieron. Que basta con decir «eres como yo» para que se rindan. Ese es el colonialismo ruso: no el desprecio del amo europeo, sino la posesión del hermano enfermo. Me perteneces porque te pareces a mí. Y si te rebelas, entonces eres un traidor, no un enemigo.
Pero allá, en las calles llenas de minas, en los trenes repletos de niños evacuados, en los refugios donde la gente se conecta a Internet para ver series como si nada, está pasando otra cosa. Es una guerra de presencia. De existir frente al intento de borrado.
Putin le dijo a Carlson, como quien propone un trato en una esquina, que si Occidente dejaba de enviar armas, todo se acabaría en semanas. Que entonces podrían negociar. Pero no dijo con quién. Porque para él, Ucrania no está en la mesa. Ni siquiera como víctima. Solo Moscú y Washington. El resto son peones.
Lavrov, a fines de 2025, habló de elecciones en Ucrania. Durante la guerra. Sin tregua. Como si se pudiera votar bajo bombardeo. Como si la guerra fuera un mal ruido de fondo, no un esfuerzo sistemático de exterminio lento. Y dijo, con esa frialdad que ya no sorprende, que no se debe usar la tregua para rearmarse. Como si el derecho a defenderse fuera una trampa.
Pero la que fue directa fue Simonián. Al menos ella. Dijo que, aunque negociaran, habría que aniquilar al régimen. Eso lo oyeron los ucranios. Y por eso no se rinden. Porque saben: no es sobre fronteras. Es sobre si tienen derecho a respirar.
Reem Alhajajra, desde un campo de refugiados donde vive desde antes de que muchos de nosotros naciéramos, dijo una vez que la paz no es ceder tus derechos. Es justicia. Y justicia no se negocia sobre cadáveres.
Rusia no puede ganar mientras quede un solo ucranio en pie que no se niegue a ser ruso.
Aunque sea solo uno.
Aunque sea un viejo corrigiendo tareas a la luz de una vela.
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