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Federico Valverde se quedó quieto un segundo, apenas un parpadeo, con la vista fija en el balón después de soltar el zurdazo. Como si ya supiera —antes que nadie— que iba a entrar. No celebró de inmediato. Solo caminó hacia atrás, los ojos bajos, y entonces sí, abrió los brazos. Como si dijera: otra vez, aquí estoy.
Tres partidos. Cinco goles. Uno de ellos, el hat-trick del miércoles contra el City, cuando todo el mundo pensaba que Madrid se hundía con el adiós de Xabi Alonso. Pero no. Y ahora esto: cuatro goles en la liga en una semana, con un gol de Arda Güler desde mitad de cancha que hizo que el Santiago Bernabéu explotara como en los tiempos en que el control no se discutía, en que el espectáculo no era excusa, sino obligación.
Hablan del gol de Güler —y con razón—. Un pibe de veintiuno, zurdo, turco, llegado en 2023 tras el adiós de Modric. Allí está, metiendo uno desde su propia mitad, con el arquero adelantado. No fue suerte. Fue instinto, sí, pero también una frialdad que no cuadra con esa edad. Como si supiera que, en este Madrid, si no brillas, desapareces. Y él ha empezado a brillar. Cuatro goles en la temporada, dice el dato. Pero el dato no dice lo que se siente ahí adentro, cuando el nombre suena por primera vez en el estadio, cuando el peso del escudo parece demasiado para unos hombros jóvenes.
Alvaro Arbeloa, técnico interino, exjugador, hombre de la casa, miró todo desde la línea de cal. No hizo gestos. Apenas una sonrisa tensa. Como si supiera que no le van a dar el cargo, que su trabajo es mantener el barco a flote hasta que llegue el capitán de verdad. Y aun así, tres victorias seguidas. El City derrotado en casa. Elche goleado. Un punto de distancia de Barcelona. El milagro, el maldito milagro, vuelve a rondar.
Pero no todo es fuego y aplausos. El partido fue nervioso hasta que Rudiger marcó. El Bernabéu, herido tras las derrotas anteriores, callaba. Se sentía el temor. No el de perder puntos, sino el de perder sentido. Porque cuando un equipo como este tropieza, no es solo el rendimiento el que se cae: es la identidad. Y durante unas semanas, Madrid pareció un espejo empañado.
Ahora resurge. Pero en la vuelta a Manchester, con 3-0 a favor, no bastará el entusiasmo. Hará falta sangre fría. Esa que tiene Valverde cuando dispara. Esa que mostró Güler al soltar el balón desde mitad de cancha.
Elche, mientras tanto, sigue ahí. Un punto sobre Mallorca. Promovido la temporada pasada. Ahora, otra vez, mirando hacia abajo. Sin tiempo para lamentos. El fútbol no perdona. Y menos en esta liga, donde cada partido es una guerra de centímetros.
¿Quién es, al final, el verdadero motor de este Madrid? ¿El técnico que nadie cree que se quede? ¿El pibe que acaba de firmar historia con un gol que nadie va a olvidar? ¿O el hombre que lleva cinco goles en tres juegos, como si necesitara probarse, una y otra vez, que aún es imprescindible?
No lo sé.
Pero me acuerdo de una cosa: en el fútbol, como en la vida, los que más gritan no siempre son los que más cargan. Y a veces, los goles desde mitad de cancha no son actos de locura, sino de supervivencia.
¿Hasta cuándo?
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