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Zulma Clavo deja la bolsa de mercado sobre la mesa de dos por dos que une la cocina con el comedor. No enciende la estufa. Hoy no alcanzó lo del mercado. Su hijo, el de la moto, trajo menos. La gasolina está peor de escasa y los policías ahora piden el doble por dejar pasar en ciertos puntos. Su hija, la del salario mínimo, no dijo nada. Pero Zulma vio cómo doblaba la bolsa de arepas al guardarla: ya no quedaba harina para más.
Eso pasa allá abajo, en Petare, mientras acá arriba, en Miraflores, Delcy Rodríguez anuncia reformas energéticas como si fuera una transición limpia. Como si el oro no viniera de la mano de la minería ilegal, como si el petróleo no pasara por Qatar antes de que un maestro cobre su salario. Como si el dinero tuviera dueño, y no vigilía.
Porque el dinero no está aquí.
Está en una cuenta. En Qatar. Con clave norteamericana. Cada dólar que entra por barril de crudo vendido, pasa primero por Washington. No es un préstamo. No es una ayuda. Es una administración. El gobierno presenta un presupuesto mensual: “esto es lo que necesitamos pagar”. Y Estados Unidos dice sí o no. Si sí, el dinero baja. Si no, no baja.
Rubio lo dijo en enero, en el Senado. Algo así como “es nuevo, pero era lo mejor que se podía hacer por ahora”. Como si estuvieran improvisando sobre la ruina. Y quizás lo estén.
Pero lo peor no es que no tengan control. Lo peor es que todos saben que no lo tienen, y siguen desfilando.
Delcy, con el traje impecable, anuncia amnistía, reformas, repartos de oro. Detrás, su hermano Jorge empuja leyes en la Asamblea. Diosdado Cabello, con una recompensa de veinticinco millones colgada sobre la cabeza, se mueve como puede entre la férula del narco-terrorismo y la necesidad de no desaparecer. Padrino, el general de once años ya en su cargo, sostiene al ejército con un pie en la acusación por tráfico de drogas y otro en el juramento de lealtad. No se van. No pueden. Y tampoco los dejan.
Y hay otros. Los que no salen en las fotos del Palacio. Los empresarios que, según Pina, ya estaban alineados antes de que Delcy asumiera. “poder en la sombra”, dijo. No son ministros. Tampoco jueces. Pero tienen acceso. Tienen voz. Tienen blindaje.
Más allá del sueldo mínimo que no alcanza, más allá de los siete millones y pico de personas que necesitan ayuda urgente —más de la mitad en pobreza extrema—, lo que duele es el aire. Es la certeza de que ya no hay soberanía.
No sobre el petróleo. No sobre el oro. No sobre el presupuesto.
El oro… 161 toneladas, dicen. Más de 23 mil millones. Pero buena parte viene de Bolívar, de minas informales, de mafias, de esclavitud encubierta. Y el resto… quién sabe. Lo cierto es que en los libros oficiales no refleja lo que pasa en el río Caura, donde los garimpeiros avanzan como hormigas sobre la tierra sagrada.
Y el petróleo… 303 mil millones de barriles. Los más grandes del mundo. Pero no alcanzan. Porque ni siquiera es dinero del Estado. Es dinero controlado. Supervisado. Autorizado.
Puente lo dijo con crudeza: “el que manda es Trump”.
Esto no es un acuerdo. Es una tutela.
Y no es nuevo, no es nuevo. Hubo momentos así: en los cincuenta, con la Junta Militar. En los ochenta, con el FMI respirando en el cuello. Pero nunca con un secuestro de por medio.
Operación Resolución Absoluta. Así la llamaron. 3 de enero de 2026. Maduro y Cilia Flores sacados del país por fuerzas estadounidenses. Al menos 83 muertos, según Defensa. El Tribunal Supremo habló de “ausencia forzada”. Delcy asumió. Estados Unidos respiró.
Y ahora, con Wright anunciando que viene a “ver a todo el liderazgo”, uno se pregunta: ¿cuántas reuniones habrá entre él y Padrino? ¿Entre Wright y Diosdado? ¿Y cuántas entre ellos y los empresarios que no dan la cara?
Zulma vuelve a colocar la bolsa vacía sobre el clóset. Mañana será igual. O peor.
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