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Una chimenea en mitad del barro. Un tronco retorcido de hierro negro. Todo lo que queda de una casa en Harcourt. Nadie dice cuántos años tardó en construirse, pero sí cuánto duró ardiendo: minutos. Tal vez menos.
El calor llegó antes que el fuego. Lo sienten en Melbourne, a cien kilómetros, con las ventanas cerradas y el aire acondicionado a tope. Cuarenta grados. El cielo anaranjado, como si el sol no se hubiera ido del todo. Y en medio de eso, Jacinta Allan parada frente a las cámaras, con esa voz que no tiembla, diciendo: “vayanse. Si les dicen que salgan, salgan”.
No es nueva esta danza. Australia la conoce. La del humo que se come los atardeceres, de los animales que corren entre los árboles en llamas, de los techos de zinc retorciéndose como hojas de papel al fuego. Hace cinco años, fue el verano negro. Doscientos cuarenta mil kilómetros cuadrados en ceniza. Treinta y tres muertos. Ahora no sabemos si hay muertos. Sí sabemos que hay ciento treinta edificios destruidos. Casas, galpones, algo que antes tenía forma de hogar.
Cerca de Longwood —un nombre que suena a cuento, pero que ahora es mapa de guerra—, queman ciento cincuenta mil hectáreas. Imagina eso: un pedazo de tierra más grande que muchas ciudades enteras, reducido a carbón. Y no hay solo uno. Hay diez incendios grandes todavía. Diez bocas abiertas, devorando. Tim Wiebusch, el jefe de emergencias, dijo que iban a seguir ardiendo días. Semanas, tal vez.
Hubo tres personas desaparecidas. En una de las zonas más peligrosas. Las encontraron. Allan lo dijo con alivio, como si el alivio pudiera pesar algo frente a todo lo que se perdió.
Pero hay algo más: el fuego genera su propio clima. Calor tan intenso que produce tormentas, relámpagos. Y esos relámpagos prenden más fuego. Es un círculo. No hay afuera.
Y mientras tanto, el país sigue siendo uno de los mayores exportadores de carbón y gas del mundo. Fuente de energía. Fuente de dinero. Fuente, también, del calor que ahora quema sus bosques. Desde 1910, la temperatura promedio en tierra subió un grado y medio. No es mucho si lo dices rápido. Pero cuando lo dices despacio, pesa.
Hace un rato hablé con un tipo en un bar de Santiago del Estero —no de Australia, no— que me dijo: “Acá también se seca todo. Pero nadie habla de catástrofe. Solo dicen que el campo está mal”.
Aquí no dicen que está mal. Dicen que es desastre. Y lo dicen alto.
¿Por qué ahora?
Porque antes no ardía así.
O ardió, sí, pero nadie miraba.
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