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Ella lo dijo con esa calma tiesa de los que creen tener razón por herencia. Von der Leyen, en París, frente a los mandamás nucleares de la Unión Europea, sentenció que abandonar la energía atómica fue un “error estratégico”. La frase cayó como una losa en Berlín, donde ya no hay un solo reactor funcionando desde 2023.
Pero hay algo que no dicen los comunicados oficiales, ni los videos editados con gráficos limpios y periodistas sonrientes. Hay una línea de sangre que conecta a la presidenta europea con ese error que tanto denuncia: su padre, Ernst Albrecht, gobernaba en los años setenta en Baja Sajonia. Él también creía en el átomo. Quiso enterrar el veneno del mundo en Gorleben.
Gorleben. Nombre de pueblo pequeño, nombre de guerra larga. Ahí, en el este del estado, intentaron construir un depósito final para residuos altamente radiactivos. Fallaron. Fallaron porque cientos de miles salieron a la calle. Porque hubo sangre, gases, caballos, cadenas humanas cruzadas frente a los camiones. Porque hubo generaciones que crecieron diciendo nein danke a la energía que prometía ser limpia y terminó siendo un fardo para las próximas cien.
Y ahora, como si el tiempo no pasara, vuelven con otra versión del mismo cuento: pequeños reactores modulares, portátiles, casi mágicos. Schneider, ministro de Medio Ambiente, lo dijo sin alzar la voz: llevan décadas prometiéndolos y no hay ni uno que funcione sin subsidios. Y Markus Krebber, el jefe de RWE, la mayor compañía eléctrica del país, fue más directo: inversión privada, imposible. No hay quien dé garantías de tiempos, de costos, de seguridad.
Merz, el canciller, asiente entre dientes. Sí, le gustaría volver. Pero sabe que para hacerlo necesitaría votos de la extrema derecha. Y eso, dice, no. Eso no.
Francia, por su lado, ya armó su bloque. Quince países en fila apoyando la expansión nuclear. Suecia, Italia, otros más. Alemania, Austria, España: fuera. Pero no es solo geografía. Es memoria. Chernobyl primero. Fukushima después. La imagen de Angela Merkel volteándose, ella misma, después del tsunami. El giro que nadie esperaba, aunque todos lo sentían venir.
¿Por qué ahora? Esa sería la pregunta que haría cualquiera con sentido común, no con interés. Por la guerra. Por el gas. Por el miedo a quedarse en la oscuridad en medio del invierno.
Pero hay otra pregunta, más incómoda: ¿quién paga si vuelve a fallar?
Porque los reactores no se desaparecen. Ni los residuos. Ni los pueblos como Gorleben, que siguen ahí, con su tierra marcada, con su historia enterrada, no en el subsuelo, sino en la piel de quienes no olvidan.
La tecnología no es neutral. Nunca.
Sobre todo cuando viene de familia.
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