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Wrightwood no duerme.
No desde que el barro empezó a moverse entre los pinos, como si la montaña respirara, como si se le removiera algo adentro. Allá arriba, a ciento treinta kilómetros de Los Ángeles, donde el aire es más limpio y los letreros dicen “bienvenido al paraíso”, ahora suenan alarmas que nadie apaga. Evacuación preventiva. Palabras suaves para algo que no lo es.
La lluvia llegó en diciembre, pero no como si viniera del cielo. Venía del otro lado del mundo, dicen. De Hawái. Una cinta de agua en el aire, un río invisible que el clima ahora tiene nombre: Pineapple Express. Lo dicen así, en inglés, aunque nadie aquí lo llame así. Lo sienten. Lo ven bajar por los cerros quemados, lo ven tragarse los caminos, lo ven dejar autos cubiertos de lodo, como si fueran fósiles.
Más de setenta mil personas sin luz. No es un apagón. Es un estado. Como si la corriente se hubiera rendido. Como si dijera, basta.
Dos muertos el miércoles. No se sabe quiénes. No se dice. Solo que el viento los tomó. Que las ramas cayeron. Que el agua subió sin pedir permiso.
Y sigue.
El jueves hubo una tregua en el sur, dicen. Pero solo para respirar. Porque el viernes volvería. Y con más. “Toda esta humedad”, dijo alguien del servicio meteorológico. “Vas a tener inundaciones de esas que ni siquiera las miras venir”.
En las zonas quemadas, el suelo no tiene piel. Está crudo. Cuando llueve, no absorbe. Rechaza. Y entonces el agua baja con rocas, con troncos, con todo lo que no sostiene. Lo llaman flujos de escombros. Suena a reporte técnico. No suena a lo que es: una ola de piedra que arrastra lo que encuentra.
En Los Ángeles declararon emergencia. No es nuevo. Se repite. Cada invierno, o cada verano, o cada vez que el clima ya no se parece a sí mismo. Y la noche del jueves, alguien de la alcaldía escribió en X —porque ahora hasta las tragedias se anuncian en redes— que las calles y los ríos y los canales están peligrosos. “No salgas”, dijo. O algo así.
Yo pensé en Venezuela, por eso lo digo. En esos barrios colgados de laderas, donde llueve y el cemento no alcanza, donde un barrio entero puede desaparecer en la oscuridad. No es igual, claro. Pero hay algo idéntico: la sensación de que el suelo ya no es fiable. De que la tierra, al final, puede volver la espalda.
No sé cuántas veces más van a sonar estas alarmas.
No sé quién firmó los permisos para construir allá arriba.
No sé por qué seguimos haciendo planes sobre mapas que ya no concuerdan con el mundo.
Solo sé que en Wrightwood, anoche, hubo luces prendiéndose y apagándose. Y que alguien, con una pala, movía barro sin ganas, con la espalda rota, como si ya supiera que apenas estaba raspando la superficie.
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