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Eran las dos de la mañana cuando un colega me envió el fragmento de la declaración. No dormía. Nadie dormía. En Teherán, dicen, las calles aún huelen a quemado, a neumático incendiado, a gas pimienta flotando entre los balcones. Y ahora, el que todo lo sabe, el que todo lo calla, el que siempre aparece como último eslabón en cadena —Khamenei—, habla. Dice que no fue su gente. Dice que fueron otros. Los de afuera. Los eternos culpables.
La voz, filtrada por la televisión estatal, firme pero vieja, como si el tiempo se le hubiera acumulado en la garganta, señaló directo a Washington, a Tel Aviv. No con pinzas. Nombró a Trump. “Criminal”, dijo. Y aunque no recuerdo bien las palabras exactas —algo de que intervino personalmente—, el mensaje queda claro: esto no nació aquí. Esto lo trajeron.
Pero todos lo sabemos, ¿no? Cuando las protestas comienzan a sacudir los cimientos, cuando los jóvenes queman carteles del líder y las mujeres quitan el hiyab en las estaciones del metro, entonces la narrativa cambia. No es hambre. No es rabia. No es que el salario no alcance para el pan de dos días. Es guerra. Y en la guerra, no hay diálogo. Hay enemigos. Y los enemigos tienen que pagar.
Dijeron que murieron miles. “Miles”. Una cifra redonda, oscura, imposible de verificar. No hay listas. No hay nombres. No hay velorios públicos. Solo silencio. Y cuando él habla de consecuencias, se le nota la tensión en la mandíbula, la amenaza contenida: no vamos a salir a buscarlos, pero no quedará impune. Eso dijo. O algo así.
Y entonces pienso en Venezuela. En México. En Chile. En cada vez que un gobierno mira hacia afuera y señala con el dedo, mientras dentro los hospitales no tienen morfina, las cárceles se desbordan y los estudiantes desaparecen. La verdad es que nunca es solo uno. Nunca es solo el que da la orden. Siempre hay un eslabón más atrás, alguien que firma en la penumbra, alguien que nunca va a la cárcel.
Hace unas semanas, un tipo que conozco en Qom —creo que se llamaba Reza— me dijo que los muchachos de Ahvaz no necesitan que los inciten. Que desde que el agua les falla, desde que los pozos se secaron y las tierras se volvieron polvo, ya no necesitan excusas. Solo necesitan un lunes más de humillación para prender la mecha.
Y ahora afirman que fue el extranjero. Que fueron los servicios de inteligencia. Que fue el dinero que llegó por canales oscuros. Pero nadie muestra los rastros. Nadie nombra a los testaferros. Nadie revela los números de las cuentas.
¿Quién se beneficia al final? Esa es la pregunta que queda, colgando.
No hay guerra. Pero tampoco hay justicia.
Y mientras, las madres esperan. En silencio. Sin saber.
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