EL PAÍS

Detienen al guionista de «Un simple accidente» por denunciar al líder de Irán

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Mehdi Mahmoudian no escribió su primer guion en una sala de cine. Lo escribió entre cuatro paredes, con el olor a encierro pegado a la ropa, con la voz quebrada de los que escuchan demasiado a los que gritan en vano. Y aun así, cuando Panahi le pidió ayuda para pulir los diálogos de Un simple accidente, no le habló de estética cinematográfica. Le habló del miedo real. Del que no se actúa. Del que se vive.

Hace unas semanas —no recuerdo bien si fue en enero o a finales de diciembre—, las protestas estallaron otra vez en el Gran Bazar de Teherán. No comenzaron por una consigna, ni por un partido, ni por un líder. Comenzaron porque los comerciantes no podían respirar. Y el régimen respondió como siempre: con fusiles, con redadas, con nombres borrados.

Detrás de cada manifestación, hay un nombre que no se dice. Mahmoudian es uno. Pero no el único.

Lo detuvieron el sábado. No por hacer cine. Por atreverse a decir lo que todos sabemos: que la represión no es un error del sistema. Es el sistema. Que los muertos no son “transeúntes” como insiste el gobierno. Son gente. Más de seis mil, tal vez más. HRANA dice 6.500. Las ONU, en sus círculos más cerrados, murmura otras cifras. Miles más. Pero no firman nada. No se atreven.

El guion de Un simple accidente no era ficción pura. Era memoria. Un expreso que vuelve y mira a su verdugo a los ojos. Pero no dispara. Solo respira. Y ese aliento, ese momento de contención, es lo que el régimen no soporta: la conciencia sin violencia que sobrevive.

Mahmoudian estuvo nueve años dentro. No por armas. Por hablar. Por firmar. Por escuchar. Panahi lo llamó “presencia moral”, pero suena muy bonito, ¿no? En la cárcel no hay “presencias morales”. Hay quienes reparten pan. Quienes calman a los nuevos. Quienes no dejan que el miedo se coma a todos. Eso era él.

Firmó la declaración junto a otros dieciséis. Entre ellos, Narges Mohammadi —preso, premio Nobel, mujer—. Y Sotoudeh, la abogada que no calla. Y Rasoulof, que hoy vive en Alemania, haciendo películas que nadie puede ver en Irán. Vida Rabbani. Abdullah Momeni. Dos más detenidos. ¿Quiénes quedan ahora por irse?

La película va por un Oscar. Mejor guion. Mejor internacional. El 15 de marzo. Panahi dijo que regresará a Irán cuando termine la promoción. No sé si lo creí. O si él mismo lo cree.

Pero pienso en otra cosa: ¿qué pasa con quienes no tienen cámara ni premiación? ¿Con los que solo tienen un nombre, un cuerpo, un acto de coraje en un callejón oscuro?

El cine puede mostrar el infierno. Pero no lo detiene.
No es nuevo, no es nuevo.
Solo lo dice. Y después, se apaga.

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