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La foto la vi hace días, pero no la olvido: tres caras en fila, como santos en un retablo desgastado por votaciones eternas. A la izquierda, Malinowski. En el centro, Mejia. A la derecha, Way. Todos con esa sonrisa que no llega a los ojos, la que se entrena frente al espejo antes del mitin. Nueva Jersey, el 11. Un distrito que no suena en Caracas, ni en Bogotá, ni en ninguna parte… hasta que te das cuenta de que sí: donde hay migración constricta, donde hay trenes lentos y túneles que no se construyen, allá también está el peso de lo que deciden en Washington. Y este hueco que dejó Sherrill —por irse a gobernar, por vencer, por subir— ya tiene trece sombras compitiendo por llenarlo.
Uno de ellos dice que hay que abolir ICE. “No se reforma. Se acaba.” Lo dijo con los puños cerrados, en una universidad, junto a Bernie Sanders. Mejia. Nombre que suena a barrio, a comité de base, a madrugones en oficinas de asistencia legal. Lleva encima el respaldo de Ocasio-Cortez, de Warren, de Baraka, el alcalde de Newark. Pero no es solo eso: lleva una idea que quema. Y quema porque es vieja, no nueva. Porque hace años que alguien debería haberlo dicho sin miedo a que lo tachen de radical. “Es débil mandar a un congreso gente débil”, dijo. Y no le faltaba razón.
Pero al otro lado, como en todos los guiones, está el que volvió. Malinowski. Excongresista, sí, pero de un distrito que ya no existe, borrado por la redistritación. Le ganó un republicano, en 2022. Ahora regresa, como si nada hubiera pasado. Con la ventaja de que lo conocen. Con el apoyo de Kim, otro senador que sabe que en Washington no se sobrevive solo. Y sí, tiene experiencia. Pero también tiene una pregunta ardiendo detrás: ¿qué tan distinto es esto de lo que ya fracasó?
Entre medias, los otros nueve. Beecher quiere “acabar con ICE”. Way dice que no, pero que sí lo desfinancia. Algunos hablan de vivienda, de precios, del viaje diario a Nueva York que les drena la vida a quienes se levantan a las cinco. Porque ese es el fondo: no es solo política, es rutina. Es el miedo de que el billete suba, de que el tren se rompa, de que el túnel bajo el Hudson, ese que une estados y empleos, se quede en papel. Porque hace unas semanas, bajo la sombra del gobierno Trump, congelaron miles de millones para el proyecto Gateway. Sí, aquellos que Sherrill ayudó a conseguir. El mismo que ella defendía frente a las estaciones de tren, como si fuera a convencer a los rieles con su voz.
Hoy, ese proyecto sigue varado. Congelado. Como tantos otros. Y el que entre, entrará con eso en la espalda: una demanda recién presentada, un reloj corriendo, y la sospecha fundada de que, allá arriba, a quien llega nuevo le ponen los problemas viejos antes de que aprenda el camino al baño del Capitolio.
Pero nadie habla de lo que realmente está en juego. No es si se mantiene o se elimina ICE. No es si se gana o se pierde en abril. Es qué tan lejos estamos de entender que la política migratoria no son discursos en foros AAPI. Es gente muerta en Minnesota. Es Nicole Macklin Good. Es Alex Pretti. Es un operativo, unos agentes, una bala. Y después, solo promesas.
¿Será que alguno de estos once dice su nombre en campaña?
No lo creo.
Y en el fondo, todos lo sabemos: mientras no se diga, no ha pasado.
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