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Abbas Araghchi cerró los ojos un segundo antes de bajar del avión en Mascate. No fue un gesto de cansancio, aunque el viaje desde Teherán había sido largo, sino uno de esos momentos en los que un hombre como él —diplomático de hueso, formado en los sótanos del poder iraní— hace cuenta de lo que lleva encima: sanciones que ahogan a su gente, protestas enterradas bajo cemento y balas, un programa nuclear que juran es civil pero que todos miran como arma. Y enfrente, otra vez, los enviados de Trump.
Esta vez van con Witkoff, el hombre que aparece en fotos con el ceño fruncido y las manos entrelazadas como quien negocia una hipoteca millonaria. Y Kushner. Sí, el yerno. Otra vez. Como si la política exterior de la más grande potencia del mundo fuera un asunto de familia. Se reúnen en Omán, tierra neutral, país que ya ha visto pasar este baile muchas veces. Lo mismo de siempre: palabras suaves en salas cerradas, mientras afuera, en el Golfo, los barcos de guerra estadounidenses flotan como bestias dormidas.
Dicen que Trump quiere dos cosas: que Irán no tenga bomba atómica y que deje de matar a sus propios ciudadanos. Parece simple. Incluso decente. Pero no es nuevo, no es nuevo. Es el mismo discurso que usan cuando ya tienen el pie en la garganta del otro. Rubio, el secretario de Estado, sale después y habla de misiles, de «apoyar al terrorismo», de cómo tratan a su pueblo. Todo, todo al mismo tiempo. Como si sentaran al borracho en la mesa de examen y le pidieran que resolviera ecuaciones cuánticas.
Y todos sabemos lo que pasa después.
Hace unas semanas —finales de junio, creo— Estados Unidos atacó instalaciones nucleares en Irán. No fue una guerra declarada, pero fue guerra. Lo hicieron después de cinco rondas de conversaciones, después de que Witkoff y Araghchi se estrecharan la mano en esta misma ciudad. Les dieron un ultimátum de dos meses. Pasó. Atacaron. Ahora vuelven a negociar. ¿Negociar qué? Nadie lo sabe con certeza. Alguien me dijo, no recuerdo bien si fue Vaez o Azodi —uno de esos expertos de Washington— que los gringos no entran con una estrategia, sino con postes de meta que se mueven. Depende de lo que Irán ofrezca, cambian la apuesta.
Pero hay algo más. Algo que no dicen en los comunicados.
Trump tiene bases por todo el Golfo. Ocho, al menos. En Qatar, Bahrein, Kuwait… Y tras el ataque, Irán respondió. Voló drones contra la base de Al Udeid. Sí, la misma desde donde organizaron el secuestro de Maduro en enero. Nada es casual. Nada.
Netanyahu estuvo con Witkoff días antes. Lo presionó. Le dijo que no confiara en los iraníes. No hace falta ser agente de inteligencia para verlo: Estados Unidos e Israel van de la mano, esta vez no para detener una guerra, sino para usar la diplomacia como pausa técnica antes del siguiente round.
Irán, mientras tanto, está cansado. Agotado. Sanciones, revueltas, aislamiento. Pero no débil. Eso lo dijo Vaez con toda claridad: debilitado, sí; derrotado, no. Y el programa de misiles… ahí no cederán. “Es la única defensa que les queda”, me dijo alguien, más o menos así. “Sin ella, cualquiera puede entrar a golpearlos y no podrán responder.”
La reunión de hoy podría ser, en el fondo, un trámite. Un mal necesario para calmar a los árabes del Golfo, que ya ven sombras de conflicto en sus costas. Podría ser también una fachada, como dice Jahshan, algo para justificar lo inevitable: otro ataque, otro cambio de régimen disfrazado de liberación.
Pero también —y esto es lo más peligroso— podría torcerse por un error. Un dron derribado. Una embarcación que se acerca demasiado. Un grito mal traducido. Porque los dos lados están armados hasta los dientes. Y uno de ellos, quizás ambos, quiere una salida limpia. O no tan limpia.
Mortazavi lo dijo con una frase que no olvido: “Van a negociar, pero con el dedo en el gatillo.”
Y así, con diplomáticos que hablan de paz y al mismo tiempo apuntan con armas invisibles, uno se pregunta:
¿Cuántas veces más vamos a ver este mismo guion… justo antes de que todo explote?
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