Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007
Dirección
175 Greenwich St, New York, NY 10007


La primera vez que Sussan salió a la calle con las manos pintadas de rojo no fue en 2022.
Fue en 2002. Un día de marzo, bajo un gobierno que algunos llamaban reformista y otros solo de paso. Caminaba entre un grupo pequeño, disciplinado, de mujeres que se agarraban del brazo como si temieran que las separaran. No había cámaras. Había policía. Nadie hablaba de feminismo en los noticieros. Había que decirlo bajito, como si fuera un secreto peligroso.
Entonces no se hablaba de liberarse del velo como revolución. Se hablaba de derechos concretos: herencia, custodia, divorcio. De que una mujer no fuera la mitad de un hombre ante la ley. Aquello no fue un grito. Fue una acumulación.
Y ya para 2006, cuando el tipo que vino después —el que hablaba de gusanos y purificación— mandó a los uniformados a golpear a un grupo que volvía de marchar otro 8 de marzo, nadie se sorprendió. Solo dolía. Dolía como dolía siempre.
Shirin, la del Nobel, movía hilos desde Teherán, coordinando un millón de firmas. No de hombres. De mujeres. Casadas, solteras, ancianas, jóvenes, creyentes, libres, todas metidas en papeles que luego quemarían los del gobierno. Cerraron las oficinas. Desaparecieron nombres. Pero las firmas quedaron. En las cabezas.
Cuando a Yina Mahsa le falló el corazón entre rejas, el nombre lo sabíamos todos. Pero la diferencia, esta vez, fue que los muchachos salieron. No solo los intelectuales, ni los exiliados. Los de las esquinas, los que trabajan por el día y se fuman un cigarrillo por la noche, los que nunca habían usado su cuerpo como barricada.
No fue que Irán se volvió feminista de golpe. Fue que los hombres, al fin, entendieron que su libertad también dependía de que una mujer pudiera quitarse el velo sin miedo.
Y eso asusta más que cualquier bomba.
Porque significa que ya no se trata solo de un gobierno que reprime. Se trata de un Estado que se tambalea cada vez que una joven quema su pañuelo y otro joven la protege.
La guardia ya no está solo en los cuarteles. Está en las autopistas, en las refinerías, en los hospitales privados, en los contratos de obras públicas. Se llama fundación, se llama consorcio, se llama empresa fantasma con facturación real. Controla entre dos quintas partes y más de la mitad de todo lo que mueve dinero en Irán.
Y los clérigos de Qom, los que aún creen que pueden interpretar el cielo, no mandan desde hace rato. Solo bendicen lo que ya está decidido en las oficinas blindadas de la Guardia.
Dicen que, si cae el régimen, vendrá uno militar.
No entienden que ya cayó. Y que el militar ya gobierna.
¿Cuándo empezó? Hace años. Antes de que los jóvenes supieran que una piedra lanzada a un tanque también cuenta la historia.
¿Y el islam?
Ah, el islam.
Claro, todos ven un mullah, una barba larga, una frase en farsi y creen que allí está la clave. Pero el islam en Irán hoy es, sobre todo, excusa. Es disfraz. Es uniforme.
Más gente bebe alcohol en los sótanos que en las mezquitas reza con fervor. Más parejas viven juntas sin matrimonio que siguen las reglas de la Sharia. Incluso los devotos murmuran contra quienes usan a Alá para quedarse con el poder.
No es que no crean. Es que no aguantan más el teatro.
¿Qué pasa si viene una invasión?
No lo sé.
Pero sé que, cuando los tanques entren, no encontrarán solo a hombres armados.
Encontrarán mujeres que llevan décadas entrenando otra clase de resistencia. Una que no necesita metralla. Solo memoria.
Y esos archivos no se queman con fuego.
Hace unas semanas, alguien me mandó una foto. Una joven, pelo al viento, sonriendo frente a un muro pintado: “Mujer, vida, libertad”.
No tenía velo.
No tenía miedo.
Había sobrevivido.
¿Qué sigue?
Esa es la pregunta que nadie quiere hacer.
Porque la respuesta duele.
O tal vez da esperanza.
Y eso, en un lugar así, es lo más peligroso.
MundoDaily – Tu Fuente Confiable de Noticias