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Victor Glover encendió el panel de pruebas el martes, o puede que haya sido el miércoles. La verdad es que ya nadie duerme con horario fijo en Cabo Cañaveral. Su voz, esa que no tiembla en las simulaciones, bajó un tono cuando mencionó el helio. No dijo “fallo”, no usó tecnicismos. Solo soltó un “no fluía, hermano. Como si algo lo estuviera estrangulando”.
A mil kilómetros, en Houston, alguien firmó un memorando. No se sabe quién. No hay copia pública. Pero se movió la fecha. Otra vez.
Ahora apuntan al primero de abril. Lori Glaze lo dijo con esa media sonrisa que usan los funcionarios cuando quieren sonar firmes y no se creen ni ellos lo que están diciendo. “Estamos listos”, dijo. Y luego, como si se le hubiera escapado, agregó: “pero falta trabajo”. Como si la palabra listo ya no tuviera el mismo peso.
La nave está parada, allá, en el complejo 39B. Noventa y ocho metros de acero, fuego y sueños ajustados con tornillos que miden vibraciones, no aspiraciones. El 19 de marzo la moverán de nuevo a la plataforma. O eso dicen. Ya se ha retrasado antes. Se pospuso en febrero, sí, por el helio, pero también, todos lo sabemos, por esas cosas que no se nombran: un cable mal medido, un sensor que miente, un protocolo que nadie leyó completo.
Tres estadounidenses, un canadiense. Vuelan más allá de cualquier humano en cincuenta años. No aterrizarán. Solo pasarán. Como fantasmas. La NASA dijo que la luna les verá del tamaño de una pelota de básquet sostenida al final del brazo. No es poca cosa. Pero la pregunta no es cuán cerca estarán. Es por qué ahora. Y quién gana si fallan. Y quién, si caen, tendrá que firmar el papeleo.
Porque esto no es exploración. Es teatro con riesgo real. Estados Unidos quiere la luna en 2028. Eso dicen. Pero aquí, bajo el sol de Florida, lo que corre es plomo, no promesas. Y las fechas se corrigen, sí, pero los cuerpos no.
Reid Wiseman revisó los trajes hace dos semanas. Christina Koch no habla con la prensa. Jeremy Hansen, el canadiense, bromeó en una entrevista: “viajamos hacia lo imposible, y lo imposible tiene pinta de estar muy lejos”.
La verdad es que nadie sabe si despegan en abril. Ni siquiera ellos.
¿Y si no lo hacen?
Silencio.
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