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Mohamad Hasan, ministro de Relaciones Exteriores de Malasia, habló ante el Parlamento hace unos días. Lo hizo sin gestos exagerados, sin apuntar con el dedo, pero con una firmeza que no dejaba lugar a equívocos. Dijo, más o menos, que Asean no había enviado observadores a las elecciones en Myanmar. Y que, por lo tanto, no las reconoce. No dijo «fraude», no dijo «ilegítimo», pero su tono era el de alguien que ya no está para cumplidos.
La foto que circula es vieja —del encuentro de ministros en Kuala Lumpur, en octubre del 2025—, pero su gesto ahí ya anticipaba algo: los brazos cruzados, la mirada fija, como si midiera cada palabra antes de soltarla. Ahora, meses después, esas palabras pesan. Porque esta no es solo una declaración diplomática. Es el primer reconocimiento claro de que el proceso electoral en Myanmar no cuela.
Desde febrero del 2021, cuando el ejército derrocó a Suu Kyi, el país se desangra. Lo que empezó como protestas pacíficas se convirtió en guerra abierta, con zonas enteras fuera del control militar, con alianzas inéditas entre grupos étnicos armados, con civiles quemados en su propia tierra. Y ahora, esta elección, dividida en rondas, con candidatos proscritos, con regiones enteras excluidas. Una farsa que pretendía vestirse de legitimidad.
Pero Asean, ese bloque de once naciones que tanto ha insistido en no intervenir, que siempre ha preferido el diálogo blando, el silencio cómplice, ahora pone un pie adelante. No todos, claro. Camboya y Vietnam enviaron observadores, aunque nadie sabe bien qué observaron. Como si mandar una persona con una libreta fuera suficiente para certificar una elección en medio de una guerra.
El plan de paz de Asean, ese acordado hace años —cese de hostilidades, diálogo inclusivo, entrega de ayuda humanitaria—, sigue congelado. Los generales birmanos asisten a algunas reuniones simbólicas, pero no cambian una coma. Y Asean, dividido, entre quien quiere negociar a cualquier costo y quien exige consecuencias, ha sido incapaz de imponer nada.
Pero esta vez es distinto. Al no enviar observadores, al decirlo en voz alta, al dejar constancia… se rompe algo. No es mucho. Pero es más de lo que se había hecho.
Bueno.
Ahora se espera el anuncio de los resultados finales. No hay datos certeros. Solo la certeza de que los partidos afines al ejército ganarán, que las urnas estarán limpias en las zonas bajo control militar, que las campañas fueron imposibles en las áreas bombardeadas. ¿Quiénes votaron? ¿Quiénes pudieron hacerlo?
Y sobre todo: ¿quién se beneficia con este simulacro?
Todos lo sabemos. Pero decirlo en voz alta, como lo hizo Mohamad Hasan, en medio del tedio de una sesión parlamentaria, bajo luces frías y micrófonos desganados… eso ya cambia las cosas.
Porque cuando el silencio se rompe, aunque sea con cuidado, aunque sea con diplomacia, algo empieza a moverse.
¿O no?
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