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Bajó las persianas a las seis. No por el calor, que también, sino por los vidrios. No quería que nadie viera adentro. Ella vive en Sharjah, a veinte minutos de Dubái, y desde allí escuchó los booms. No como truenos. Más secos. Metálicos. Como si el cielo se partiera con herramientas.
Dijo que su niño pequeño se paró en la cama, miró al techo y preguntó si era el fin del mundo.
No tengo su nombre. Nadie lo tiene. Pero su historia está en cada ventana que vibró, en cada sábana tendida que tembló en el aire caliente de los Emiratos.
Mataron a una trabajadora migrante con los restos de un misil que otra mitad del cielo no llegó a ver. Un chispazo en algún radar. Un “interceptado” en un comunicado. Y en tierra, un cuerpo. Asiático. Anónimo. Sin apellido para la historia.
El operativo se llama Epic Fury. Suena a videojuego. A película mal grabada en Fort Lauderdale. Pero aquí, en este lado del mapa, el furor no tiene nombre de operación. Solo tiene olor a pólvora, a cemento quemado, a uniforme militar colgado en una percha mientras el presidente de EE. UU. habla desde una red social, en pijama, a las tres de la mañana.
Dicen que fue por la amenaza nuclear. Dicen que hubo negociaciones. Jared Kushner, Steve Witkoff… el típico viaje diplomático con aire acondicionado y sin resultados. Pero también dicen, en voz baja, que apuntaron a Khamenei. Que lo tocaron. Que intentaron matarlo. Igual que al presidente iraní.
¿Y qué pasó cuando fallaron?
Cayeron bombas en una escuela de niñas. IRNA dice que murieron cincuenta y tres. Jóvenes. Menores. Hijas de alguien. Cincuenta y tres. No digo más porque no puedo.
Netanyahu habla de “régimen terrorista”. Trump pide una revuelta. “Tomen su gobierno”, dijo. Como si no supiera que quien se levanta allá no reclama un sillón, sino aire. Comida. Una bala que no le pegue.
Yo no sé si Khamenei está vivo. No sé si el presidente iraní respira o no. Pero sí sé que los niños de una escuela no eligieron esas frases de odio. No firmaron por esa guerra.
Y ahora, mientras Irán lanza misiles hacia países con base militar estadounidense —Bahréin, Catar, Emiratos, Kuwait, Jordania—, mientras el Pentágono justifica “operaciones”, mientras en Dubái las bóvedas de cristal resisten pero las almas no…
¿Quién dará la cara por las cincuenta y tres?
¿O ya fueron parte del daño colateral? ¿Del error comprensible?
Porque esto no es nuevo, no es nuevo.
Solo que ahora el fuego no viene desde el sur del río Orinoco, ni desde la sierra, ni desde un cartel en la frontera.
Ahora viene del cielo. Con nombre de furia. Y de auspicio político.
Y el café… el café sigue frío.
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