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Natthaphong habla despacio, como si cada palabra tuviera que pasar un control militar antes de salir. Tiene 38 años, pero parece de esos tipos que ya nacieron con la responsabilidad puesta encima, como si en vez de pañales, le hubieran envuelto en constituciones. Lo vi en un video corto, grabado al vuelo después de votar. No sonrió. Dijo algo así como que esta vez no iban a pedir permiso, que el pueblo ya había hablado dos veces, y dos veces se lo habían callado.
Y eso es exactamente lo que duele ahora en Tailandia: que el voto pesa, pero no tanto como un fallo de tribunal.
Hace menos de tres años, un partido —Move Forward— ganó. Claro. Con mayoría joven, urbano, conectado. Pero no pudieron gobernar. El Senado, ese cuerpo fantasma nombrado por un gobierno de facto, les cerró la puerta. Y no fue solo eso: les disolvieron. Por hablar de la monarquía. Por si acaso, por lo bajo, por no arriesgarse.
Entonces, ahora viene el Partido del Pueblo. Mismo ADN. Mismo proyecto. Pero esta vez más callado, más cuidadoso. Como si supieran que basta un paso en falso para que los desaparezcan del mapa legal.
Mientras tanto, Anutin gobierna. Conservador. Pragmático. El tipo que tomó el poder con apoyo del bloque reformista, ironías de la política, y ahora vuelve a competir como si fuera el defensor de la estabilidad. Se aferró al nacionalismo después del conflicto con Camboya, ese episodio fronterizo que dejó al menos un centenar de muertos. No hubo declaración de guerra, pero sí balas, y eso, en política, sirve.
Y en medio, el fantasma de Thaksin. Paetongtarn destituida el año pasado. Él, en prisión, condenado por corrupción y abuso de poder. El partido, Pheu Thai, sigue en pie, aunque cojeando. Liderado ahora por el sobrino. No son favoritos, no como antes. Pero podrían ser la pieza que arme —o desarme— cualquier coalición.
La Cámara Baja elige al primer ministro. Eso cambió. El Senado ya no puede vetar al jefe del gobierno. Es una victoria mínima, pero real. Lo malo es que aún pueden bloquear reformas, leyes, Constitución. O sea: pueden dejar al Ejecutivo hablando solo, haciendo promesas que nunca entrará a cumplir.
Y justo hoy, también hubo un referéndum. Sobre si quieren o no una nueva Constitución. La actual, nacida del golpe de 2014, le da demasiado poder a organismos “independientes” que, en la práctica, responden a otra lógica. Disuelven partidos. Tumban primeros ministros. Todo legal, todo en silencio.
Me tomé un café hace una hora. Está frío. Pero sigo aquí.
Porque lo que está en juego no son escaños. Es saber si en Tailandia el voto aún puede significar algo. O si, una vez más, todo se decidirá tras una puerta cerrada, con nombres que no aparecen en ninguna boleta, con decisiones que se toman sin testigos.
¿Cuántos años más van a poder sostener esta ficción?
No lo sé.
Pero el miedo ya no está solo en las calles. Está también en los que votaron con esperanza, y que esta noche, mientras cuentan los votos, saben —saben— que ganar no es lo mismo que gobernar.
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